Una misión joven en una sociedad laica

ROBERTO CALVO PÉREZ

Facultad de Teología del Norte de España

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

En nuestra sociedad occidental, marcada por el laicismo, juventud e Iglesia parecen dos magnitudes divergentes. Sin embargo, para la Iglesia, los jóvenes son los destinatarios más genuinos de la misión. Si la Iglesia surge de la misión y para la misión, la evangelización de los jóvenes ha de ser hoy un compromiso primordial. Dentro de esta perspectiva, el artículo subraya algunos aspectos esenciales que se deben priorizar, que empiezan por asumir la interpelación de los nuevos areópagos y reestructurar las iglesias locales desde la animación misionera, para llegar a una específica pastoral para la misión, ofreciendo itinerarios múltiples que ayuden a vivir la fe como éxodo en el Espíritu y a personalizarla.

 

 

Cuentan que hace varios siglos hubo una persona que quería retirarse a la soledad, en un ambiente de la naturaleza casi paradisíaco. Era algo que le brotaba a menudo del corazón. Y, tras un largo proceso con los suyos, tomó la decisión. Se apartó del mundanal ruido. Su vida transcurría dichosa en la sencillez y en la pobreza. Se había construido una pequeña cabaña donde sólo tenía lo más imprescindible para vivir. Allí no hacía otra cosa que alabar, agradecer y pedir a Dios por la humanidad.

Un día, como otras veces, sintió una llamada especial y subió a la montaña. Pensaba que esto le acercaba más a Dios. Pasó todo el día en la cima del monte. Y, cuando ya comenzaba a oscurecer, regresó entre penumbra a la cabaña. Cuál fue su sorpresa cuando, al acercarse, descubrió que un ladronzuelo le estaba robando lo poco que tenía… El eremita se indignó y comenzó a vocear: “¿no te da vergüenza, venir a robarme a mí, que apenas tengo nada y lo único que hago es interceder por el mundo y por la Iglesia para que Dios sea más conocido, vivido y compartido entre la gente?”.

El ladonzuelo salió despavorido huyendo. El anacoreta se quedó intranquilo. Pasado el tiempo, se sentó a la puerta de la cabaña –como solía hacer tantas noches claras de primavera y verano– y pensó para sí: “¡seré tonto! En vez de enfadarme, podía haberle invitado a sentarse junto a mí y mostrarle lo mejor que tengo: la contemplación nocturna de la belleza y de la paz de este cielo estrellado…”

Esta parábola nos ayuda a situarnos ante este momento histórico (dramático y fascinante) que nos toca vivir como creyentes llamados a evangelizar en nuestra sociedad del siglo XXI. En la presente tesitura nuestras actitudes –que marcan más de lo que imaginamos el quehacer eclesial– no han de llevarnos hacia anhelos del pasado idílico-nostálgico de la cristiandad, ni a generar culpabilidades, ni tampoco a provocar huidas hacia delante vacías de todo.

A nuestro juicio, desde la pedagogía divina, lo que se nos pide hoy es recuperar el entusiasmo (el «estar en Dios») a fin de poder compartir, proponer y comunicar lo mejor que tenemos: un Dios trinitario que no puede ser otra cosa que Amar; una experiencia de salvación que, como a los primeros testigos de la Pascua y de Pentecostés, nos colma de alegría y de gozo porque, desde la fe, nuestras vidas adquieren un horizonte de sentido, de luz y de esperanza en medio de las alegrías y penalidades de la humanidad, particularmente entre los más pobres y excluidos de la historia.

Pero, ¿cómo realizar esta misión siendo fieles al Dios cristiano y, simultáneamente, a los hombres y mujeres de la sociedad? ¿Cómo cantar un cántico existencial de acción de gracias en medio de un mundo o demasiado satisfecho o profundamente necesitado de lo más imprescindible para vivir con dignidad? ¿Qué buena nueva ofrecer a nuestros conciudadanos que reclaman (al menos aparentemente) una sociedad laica o incluso laicista? ¿Qué signos y palabras comunicar a los jóvenes que pasan del anuncio del Reino que nuestra Iglesia les ofrece? ¿Cómo edificar una Iglesia en permanente estado de misión, peregrina, que sale extramuros del templo para situarse en los umbrales y en las nuevas fronteras de la globalización? ¿Qué dinamismo misionero hemos de activar para conseguir una Iglesia joven desde la juventud y el futuro que necesitamos?

Estos interrogantes y otros similares nos los hacemos los que estamos implicados vitalmente en los diversos campos de la evangelización. La presente aportación no pretende –pues uno también se halla en camino de búsqueda– dar recetas ni soluciones. Tan sólo, desde diversos criterios y líneas de acción, quiere compartir un principio: la misión es la única que puede devolver futuro y entusiasmo a nuestro empeño de hacer de este mundo Reino de Dios, anunciando a muchos la alegría y el amor de Dios, para que aquellos, que en libertad se sientan interpelados, puedan iniciar senderos de búsqueda hacia una Iglesia joven y significativa.

Y más, cuando se comparte –y nosotros lo hacemos– el diagnóstico de los obispos españoles:

“Aunque la actividad misionera constituye un capítulo central en la acción pastoral de las diócesis de España, parece que no se le da la importancia y el valor que merece. No suele aparecer en el núcleo de los programas y tareas pastorales. Los apremios de la pastoral diaria hacen que, una vez más, «lo que realmente es importante y vital quede sensiblemente recortado por lo urgente». En efecto, la preocupación misionera es, a menudo, intermitente. Se concentra en las grandes campañas, para languidecer el resto del año. Esta percepción nos lleva a pensar que ni en nuestras diócesis, ni en las parroquias haya la debida proporción entre la atención pastoral a esta actividad y el puesto central postulado para ella por el mandato evangelizador del Señor”[1].

 

  1. EN LA LAICIDAD, ANTE EL LAICISMO

 

Antes de nada, por aquello que los Padres de la Iglesia decían constantemente, es preciso saber que “lo que no se asume, no se redime”. Los evangelizadores estamos llamados a discernir nuestro mundo tal y como es: con sus potencialidades y carencias; con sus alegrías y penalidades; con sus grandezas y miserias. Es la llamada que Dios nos hacer para interpretar, desde los signos de los tiempos de nuestra época, el momento favorable (kairós), la presencia-llamada de este Dios que quiere que todas las personas (universalidad de la propuesta) “tengan viva, y vida en abundancia”. Un discernimiento que implica dejarnos guiar –comunitaria y sinodalmente– por el Espíritu para ver qué nos está pidiendo en este momento (cf. Ap 2).

Entre otros muchos signos, hemos de asumir que el cambio de época en el que vivimos nos emplaza ante una nueva realidad (particularmente en Europa) de difíciles contornos y con implicaciones profundas para la misión de la Iglesia. Algunos hablan de laicidad, otros de laicismo[2]. Pero, a nuestro juicio, hay que matizar las posturas y discernir los caminos evangelizadores.

Para ello, es imprescindible adquirir una actitud novedosa que, por otra parte, ha sido una constante en la historia de la Iglesia. A lo largo de los siglos han sido precisamente los misioneros y misioneras quienes prioritariamente han estado oteando (como “centinelas del futuro”) los signos de los tiempos, indagando los senderos más aventurados que había que recorrer, elaborando métodos y proyectos en consonancia con situaciones inesperadas e imprevistas. La dimensión misionera desde una Iglesia extrovertida en favor de la reconciliación del mundo es la que nos exige que también hoy nos situemos con expectación, ilusión, libertad y esperanza ante lo que desafía nuestro tiempo y el futuro que está irrumpiendo en nuestro presente.

Hay épocas en las que los ritmos se aceleran, la movilidad se hace más intensa y el por-venir casi se desdibuja como experiencia porque no existe un presente estable y permanente. Si esa es nuestra experiencia actual, no puede dejar de repercutir en el estilo como vivamos el compromiso evangelizador, con la conciencia y la responsabilidad de que es precisamente el acierto en nuestro discernimiento lo que dará juventud, optimismo y futuro a la misma Iglesia y al evangelio que ella testimonia y ofrece como buena nueva. “Nadie echa vino nuevo en odres viejos; si no, el vino revienta los odres y se pierden el vino y los odres; no, a vino nuevo, odres nuevos” (Mc 2,22).

La Iglesia, en virtud de la misión de la Trinidad desvelada como amor, está presente en el mundo no ya frente a él ni contra él, sino sumergida y arropada con él a la espera de la parusía. La Iglesia en su actuar vive en la «laicidad» del mundo, asumiéndola dentro de sí misma como dimensión de su misión y al mismo tiempo respetando su autonomía y consistencia. De aquí surge una nueva relación con el mundo caracterizada por el diálogo y el servicio. «Laicidad» equivale aquí al reconocimiento del valor propio del conjunto de realidades, relaciones y opciones mundanas que ponen ritmo a la existencia cotidiana de cada persona humana.

El mundo –asumido como lugar del evangelio– se convierte en interlocutor del diálogo de la salvación: al esfuerzo por leer la historia en el evangelio hay que añadir el de reconocer el evangelio en la historia, con la convicción de que Jesucristo resucitado “obra ya por virtud de su Espíritu en el corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino alentando, purificando y robusteciendo también con ese deseo aquellos generosos propósitos con que la familia humana intenta hacer más llevadera su propia vida y someter la tierra a este fin” (GS 38).

Estos nuevos rasgos de la situación socio-cultural colocan el principio de laicidad ante una encrucijada: replantear la laicidad y la neutralidad desde las nuevas sensibilidades del cuerpo social, o aferrarse a las opciones radicales como si la historia no hubiera cambiado y la religión tampoco. Desde nuestro punto de vista el encuentro entre Estado y religión podría –y debería– realizarse por respeto a la realidad y a la sociedad en su nueva coyuntura, que no puede ser valorada desde los presupuestos políticos que atraviesan el siglo XIX. Indicamos simplemente cuatro áreas o niveles en los que un pacto puede ser real y fecundo:

Los gestos de solidaridad –y hasta de compasión– que necesita nuestra sociedad y muchos de sus miembros más débiles difícilmente pueden provenir solamente del ámbito del Estado.

-Los vacíos de solidaridad exigen unos valores de convivencia que sólo pueden ser alcanzados y compartidos por medio del encuentro y el diálogo.

-En las actuales circunstancias no se puede negar que la irracionalidad y la barbarie son peligros reales. Ante la falta de referencias seguras en un mundo universal y globalizado amenaza un doble fantasma: o bien el aferramiento a la localidad de la raza, de la sangre o de la tierra (de ahí la emergencia de nacionalismos excluyentes), o la sacralización de aspectos parciales de la experiencia o de la misma violencia (así se explica al menos en parte el integrismo que conduce al terrorismo); junto a ello habría que mencionar el refugio buscado en sectas o en minorías exaltadas.

-En el proceso de integración europea merecen ser tenidos en cuenta los factores religiosos y las experiencia de vida que constituyen la memoria histórica para evitar que la desvinculación respecto a los Estados generes obsesiones localistas o nacionalistas.

El principio de laicidad, si se abre generosamente superando las seducciones sectarias, ha de reconocer que el factor religioso se encuentra en el tejido social y que puede servir para cohesionarlo si la laicidad contribuye a crear las condiciones adecuadas. Por tanto, el espacio laico puede convertirse en lugar de encuentro y de reconciliación más allá de las rupturas y de las fricciones del pasado. Y a ello ha de contribuir la fe cristiana por su visión universalista, por su apertura al otro, por la práctica de la hospitalidad al extranjero, por su ejercicio de la razón que mira más allá de la propia particularidad. En definitiva, realizando una misión joven.

 

2. Los jóvenes, nuevo areópago para la misión

 

No es bueno caer en idealismos. Juventud e Iglesia en los tiempos que nos ha tocado vivir, principalmente desde la situación occidental marcada por cierto laicismo excluyente, parecen dos magnitudes llamadas a caminar por caminos divergentes. Incluso hay quien afirma que entre ambas magnitudes se da una relación asimétrica. El joven postmoderno no es belicosamente antirreligioso. Pero su relación con la institución religiosa, por lo pronto, es notoriamente asimétrica: la Iglesia muestra interés por los jóvenes –son el futuro–, pero éstos no responden a ese interés[3].

La Iglesia apenas suscita interés entre los jóvenes como agente de socialización. Tampoco aparece como una institución que les merezca gran confianza. Además, en la larga lista que se viene solicitando a los propios jóvenes españoles manifiesten el grado de confianza que les suscitan, últimamente la Iglesia suele ocupar el último lugar, quedando reducida a un nivel insignificante. Los jóvenes occidentales no ven, mayoritariamente, en la Iglesia una comunidad de referencia ni apenas se sienten atraídos por algunos de sus aspectos vitales.

Lo cierto es que, frente a un posible pesimismo fatalista, los jóvenes siguen haciéndose preguntas por el sentido de la vida. Y, ahí es donde se sitúa, donde debemos situar, el entusiasmo misionero y el horizonte de la misión. No se trata de caer en el fatalismo ni en la angustia, pensando que la Iglesia occidental está en sus últimos momentos. La energía y el desarrollo evangelizador han de recoger los retos con los que los jóvenes nos interpelan.

Puede que hoy estemos –como señala D. Hervieu-Léger– ante un cambio «institucional» en el modo como se percibe y se viven las ofertas religiosas desde las instituciones escolares o eclesiales. Quizá los jóvenes se autocomprendan más como usuarios de un «servicio» que solicitan y eligen que como una «identidad» o referencia a la que se adhieren.

Los jóvenes aparecen (deben aparecer) para la Iglesia como los destinatarios de la misión en su sentido más genuino. Nunca podremos olvidar que estamos llamados a evangelizar este nuevo areópago de los jóvenes. Dada la situación que hemos apuntado y si la misión es –como estamos convencidos– la que devuelve futuro y juventud a la Iglesia, los jóvenes aparecen para la propia Iglesia como un ámbito privilegiado y urgente para la misión.

Como subraya Juan Pablo II, “hablando del futuro no se puede olvidar a los jóvenes, que en numerosos países representan ya más de la mitad de la población. ¿Cómo hacer llegar el mensaje de Cristo a los jóvenes no cristianos que son el futuro de continentes enteros? Evidentemente, ya no bastan los medios ordinarios de la pastoral; hacen falta asociaciones e instituciones, grupos y centros apropiados, iniciativas culturales y sociales para los jóvenes” (RMi 37).

Este aspecto, igualmente, es remarcado por los obispos españoles, pues solicitan que el ámbito evangelizador entre los jóvenes sea una dimensión cuidada en la misión para la Iglesia en España: “los grupos juveniles, con sus potencialidades y situaciones diversas, demandan de la Iglesia una atención especial, tanto en los medios ordinarios de la pastoral como en la búsqueda de nuevas propuestas que ayuden a los creyentes a asumir su responsabilidad apostólica, y a los no creyentes a encontrarse con Dios. En la atención pastoral con jóvenes conviene significar las experiencias de grupos juveniles en actividades culturales o de trabajo en países donde no ha sido anunciado el Evangelio. Esta realidad reclama una atención especial de estos grupos en el campo de la animación y formación misionera”[4].

Hay que descubrir la necesidad y la novedad actual de esta nueva acción misionera[5]. Novedad, no tanto en los contenidos, aunque haya que dar paso a una presentación desde la genuina “jerarquía de verdades” que ha de tener la fe y su comunicación. Novedad en los conceptos, formas y medios que acerquen la misión al joven. Al descubrimiento de la novedad, y siempre desde la creatividad juvenil, habrá que añadir la no menos necesaria actitud del que inventa, de quien ensaya nuevos tanteos en la acción misionera. Cristo y su evangelio siempre joven pueden y deben seguir colmando las ilusiones y la vida de aquellos jóvenes que asuman la fe en libertad.

 

  1. LLAMADOS A EDIFICAR UNA IGLESIA EN MISIÓN

La evangelización, cuando se autocomprende en clave trinitaria y desde la perspectiva bíblica de la alianza, muestra que es la acción misionera la hace que surjan diversas iglesias locales; pero convirtiéndolas en responsables y protagonistas de esa misión universal[6]. Inicialmente la Iglesia de Jesucristo existía en un lugar determinado, Jerusalén. Poco a poco aparece una gran variedad de iglesias fundadas gracias a que hubo evangelizadores, enviados, misioneros. Fue precisamente la persecución el detonante de la salida y de la diáspora a partir de Jerusalén (cf. Hch 8,1). Hecho que debe ser leído proféticamente. Un doble dato cabe destacar: las comunidades que se van formando en torno al anuncio conllevan un carácter personal y una vinculación a un lugar (no sólo geográfico sino antropológico y cultural). Las iglesias, así pues, van surgiendo desde el dinamismo de la evangelización, en el seno del designio salvífico universal de Dios, y por ello deben sentirse implicadas en su futuro y desarrollo[7]. La iglesia de Antioquía puede ser considerada ejemplo prototípico (cf. Hch 13).

Ahora bien, nuestras iglesias españolas (y europeas) cuentan con dificultades objetivas y psicológicas para entender este planteamiento originario. Para la mayoría de los bautizados el cristianismo resulta algo tan evidente que no es fácil imaginarse una situación en la que no existía la Iglesia en España. Se sabe que en nuestras tierras hubo pobladores no cristianos, pero era un dato de erudición, casi de arqueología. Junto a ello, el hecho de que España haya sido evangelizadora, particularmente en Latinoamérica, tampoco facilita la recuperación de los orígenes. La autoconciencia eclesial de España ha adquirido solidez como «exportadora de misioneros». Desde ahí no entra en el campo de lo pensable que a nuestras tierras hayan llegado misioneros venidos de fuera.

Los datos de la historia, sin embargo, obligan a cambiar la perspectiva: cada una de nuestras iglesias accederá a la raíz de su autoconciencia evangelizadora si se dan cuenta de que han surgido sin una base humana o natural preexistente; de que existen porque un extranjero ha venido de fuera sembrando una semilla nueva. Al igual que toda ciudad ha sido fundada por un extranjero, toda iglesia (también las nuestras) ha sido fundada por un misionero. Por ello, todo lo que una iglesia ha podido regalar a lo largo de su historia debe remitirlo al don originario del que ella ha sido destinataria. Cada iglesia debe ser generosa ofreciendo gratis lo que ella misma ha recibido gratis por la generosidad de otros.

Si son atendidos los criterios primigenios de la fe, entendiendo ésta desde una orientación dinámica, cabe mantener que ambas magnitudes –Iglesia y misión– apelan la una a la otra, intentando definirse entre sí, “hasta tal punto que no es posible pensar en la Iglesia, más que brotando del acto misionero y compuesta internamente de él, ni es posible concebir la misión más que en cuanto originaria de la Iglesia y, a su vez, como originante y definidora de la Iglesia”[8]. Este principio puede parecer un círculo vicioso cuando las cosas son analizadas desde categorías funcionales; pero si se atiende al conjunto Iglesia-misión dentro de la dinámica de la misión de Dios en su único principio como misión de la Trinidad (el Padre que envía al Hijo y al Espíritu), la precomprensión y las actuaciones eclesiales cambian totalmente de horizonte.

¿Acaso no es la misión el punto de origen de la Iglesia y al mismo tiempo su tensión esencial hacia el Reino? No es que la Iglesia «tenga» una misión, sino a la inversa: porque hay una misión que realizar la Iglesia brota con su evangelización para llevarla adelante. Porque hay una misión que cumplir es por lo que es llamada la Iglesia a la existencia. Más aún, “es llamada precisamente para que cumpla esa misión. La Iglesia nace como misión, no solamente misionera. Y si Dios llama a la Iglesia en y desde la misión, en y desde la misión la seguirá llamando a lo largo de los siglos”[9].

 

  1. PERSPECTIVAS PARA UNA MISIÓN EN GLOBALIDAD

 

Los anteriores criterios –que conllevan múltiples líneas de acción– apuntan al futuro próximo de las iglesias locales. Ahí se halla la interpelación del Espíritu que envía y llama desde la misión, convirtiendo la actividad pastoral en acicate como proyecto vital y dinámico, desde una pastoral nueva en misión generadora de esperanza[10]. ¿Qué priorizar para una misión joven desarrollada en globalidad?

 

  • Comunicar con obras y palabras la buena noticia del Reino

La especificidad de la misión (ad gentes) se distingue porque va dirigida a grupos y ambientes no cristianos, debido a la ausencia o insuficiencia del anuncio evangélico y de la presencia eclesial. Estos aspectos se entrecruzan con mayor fuerza en nuestros días aquí y allá. Por ello, el objetivo prioritario y siempre inacabado se estructura en torno a la comunicación, con obras y palabras, de la buena noticia del Reino.

El testimonio va muy unido a la promoción de los valores del Reino, en cuanto que dicho testimonio requiere ser comprendido desde la significatividad ante los hombres y mujeres en sus sociedades y culturas concretas. Pero implica no sólo a las personas sino que reclama de la Iglesia el hecho de asumir “posiciones valientes y proféticas” ante los mecanismos sociales injustos (RMi 43). Y de modo co-implicativo, el anuncio explícito (la propuesta de salvación, que se ha desvelado de forma dialógica a través de la historia de la salvación) actualmente ha de mostrarse en el dinamismo de la gratuidad trinitaria que nos es regalada para compartirla como don desde el diálogo evangelizador[11].

 

  • Asumir la interpelación de los nuevos areópagos

“Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes como en la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de Cristo. Hoy se pide a todos los cristianos, a las iglesias particulares y a la Iglesia universal, la misma valentía que movió a los misioneros del pasado y la misma disponibilidad para escuchar la voz del Espíritu” (RMi 30).

Tan sólo desde el coraje y la valentía pueden asumirse los nuevos areópagos, proyectándose hacia nuevas fronteras. No cabe duda que los resortes de la nueva civilización escapan a su comprensión, que son otros los organismos, poderes e instancias que han de intervenir. Sin embargo, la evangelización nunca puede olvidar el paradigma de la mirada universal en vistas a la reconciliación, según se muestra en la estructura profunda de la lógica bíblica.

 

  • Reestructurar las iglesias locales desde la animación misionera

En otro orden de cosas, pero no menos importante, se halla la reestructuración de la misma iglesia local en sus estructuras desde la animación misionera, entendida ésta en un sentido amplio. Conviene recordarlo: son las estructuras y los instrumentos los que encuentran su razón de ser en la misión y no viceversa. A la luz del imperativo misionero, “se deberá medir la validez de los organismos, movimientos, parroquias u obras de apostolado” (RMi 49). Si el Vaticano II instaba a las curias diocesanas a que tomaran un marcado acento pastoral (CD 27), tras la reflexión postconciliar convendría insistir en que habrán de adquirir su identidad desde la misión. El camino se halla en una animación misionera multiforme[12].

Baste recordar el peligro real de los particularismos y cerrazones de las iglesias locales de antigua cristiandad, que pueden verse autosatisfechas en sus compromisos retóricos de nueva evangelización, creyendo que la misión ha de realizarse tan sólo en su propia casa (RMi 83). Significativamente, en ese mismo número, Juan Pablo II plantea la animación misionera como “elemento primordial” de la pastoral, “central en la vida cristiana” y de gran ayuda para la evangelización en sus diversos contextos.

 

  • Vivir la fe cristiana como éxodo en el Espíritu.

Desde la perspectiva asumida, ahora sólo queremos señalar la importancia que implica el hecho de seguir los impulsos del Espíritu en cuanto éxodo[13]: unas veces envía hacia afuera y otras llama y arrastra desde la otra orilla. El Espíritu empuja hacia afuera desde el seno de la iglesia. «Fuera» se encuentra el corazón del mundo, y solamente saliendo se pueden percibir sus latidos y sus inquietudes. Por ello, la espiritualidad evangelizadora –insertada en un territorio y gozosa en la comunicación del don recibido– necesita cruzar orillas y saltar fronteras. Por eso son tan importantes los profetas en la iglesia local, para facilitar que ésta misma sea profética y para percibir los caminos del futuro, para decir con libertad los defectos que bloquean el testimonio y las comodidades que retardan el caminar de la iglesia.

El Espíritu que regala el gozo de la comunicación, que recrea permanentemente la comunión, que empuja hacia fuera, está también atrayendo desde fuera, es decir, llamando a la iglesia desde el otro y desde la otra orilla. Sólo abatiendo los muros y relativizando las fronteras podrá la comunidad eclesial sentirse libre para descubrirlo. La espiritualidad se vivirá en toda su intensidad cuando se descubra que el Espíritu que alienta la propia vida es el mismo Espíritu que está esperándola para el encuentro, para la armonía, para la plenitud. Este dinamismo implica siempre unas mayores dosis de aventura y de riesgo, por lo que debe experimentarse en mayor medida el acompañamiento de la comunidad.

 

  • Una pastoral específica para la misión

La lógica misionera debe incidir de modo radical y creativo sobre toda la vida y praxis de la Iglesia. Pero, por eso mismo, tienen que darse actividades pastorales concretas que destaquen de modo directo la dimensión misionera específica, haciendo que la Iglesia y los jóvenes se encuentren desde el ministerio específico de misioneros jóvenes[14].

La pastoral misionera, según las circunstancias y presupuestos, puede ser entendida de modos diversos: un conjunto de actividades específicas de la cooperación y animación misionera, dirigidas a suscitar la participación de los cristianos en la misión ad gentes; una preocupación preeminente por la nueva evangelización de quienes se han alejado de la fe o la han debilitado; o la actividad propia de las iglesias jóvenes que van surgiendo de la actividad misionera. Cada postura encierra elementos de verdad; sin embargo, a nuestro juicio, es preciso subrayar que la lógica misionera ha de ser el ámbito global de todos los sujetos eclesiales. Así la pastoral será vista sobre el trasfondo del horizonte de la misión. Ello conducirá a edificar comunidades eclesiales misioneras, a desarrollar la dimensión misionera de todas las funciones eclesiales y a promover la participación efectiva en la misión universal de la Iglesia.

 

  • Ofrecer itinerarios múltiples para la personalización de la fe

Lo expuesto hace que cada iglesia local esté urgida a generar múltiples procesos y acciones que favorezcan la primera evangelización o la acogida de los que «vuelven a la fe»[15] y, posteriormente, personas y grupos (desde ministerios y servicios explícitos) que acompañen la dinámica de incorporación gradual a la comunidad desde la iniciación cristiana. Una acogida que cuide la personalización de la fe y que conlleve un nuevo rostro de iglesias iniciadas e iniciadoras desde la integración y la responsabilidad sinodal del «nosotros» eclesial»[16].

 

  1. CONCLUSIÓN: “NO TENGÁIS MIEDO”

Ante esta nueva situación brotan muchos interrogantes desde una sana actitud de búsqueda: ¿hacia dónde vamos? ¿Qué será de las Iglesias y de la religión? ¿Qué futuro nos espera? ¿Acaso seremos los últimos cristianos? Estamos convencidos de que no seremos la última generación cristiana; aunque también nuestro convencimiento nos hace comprender que el modelo histórico de cristianismo ha de adquirir nuevos rasgos.

En momentos de transición tan intensa como la nuestra, es lógico que se hagan más urgentes y agudos los debates en torno a métodos y actitudes pastorales que puedan permitir a la Iglesia afrontar las responsabilidades del presente. Sin embargo, como observaba el obispo auxiliar de Bruselas, J. de Kesel, lo que está en juego no es el cómo del anuncio o los métodos que se utilizan sino el contenido mismo de la fe: no se trata de religión o de Iglesia sino de comunicar el misterio de Dios, la revelación de Dios de cara a una alianza con las personas, en especial con los jóvenes.

Así, en la publicidad de la historia, la Iglesia –asumiendo su memoria entendida ésta como profecía– ha de buscar su significatividad en medio de la sociedad laica en la que vive. Significatividad que mantiene la propia identidad, más allá de los aditamentos históricos y partidistas, en correlación con la relevancia, pues está llamada a ser sal y luz en medio de los pueblos a fin de ir avanzando la realización del Reino.

El testimonio de las comunidades post-apostólicas –de iglesias por tanto insertas ya en la historia real– nos permite comprender que éstas se van configurando desde la experiencia concreta con el mundo: constatan la resistencia y la opacidad del entorno que las rodea, pero ello suscita una reafirmación de la misión recibida, sostenida por la fe, la esperanza y el amor. La carta a los Efesios expresa el gozo de un encuentro victorioso con el mundo; el Apocalipsis refleja una experiencia de dificultad; mientras que la primera carta atribuida a Pedro manifiesta el sentido y el estilo del encuentro cotidiano con hombres y mujeres de otras ideologías. ¿Acaso puede y debe ser diferente la experiencia eclesial en el tercer milenio? Hemos de confiar en las palabras certeras del Señor: “No temáis, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el Reino” (Lc 12,32).

Cuando el actuar evangelizador se conciba y geste desde la misión, el entusiasmo («estar en Dios») volverá a los animadores pastorales y a las comunidades eclesiales porque descubriremos que la lógica del don y de la gratuidad es la que nos abre nuevas perspectivas. La que nos alienta para comunicar al mundo lo mejor que tenemos, nuestro Dios Amar. Compartir el evangelio del Reino no responde a otra lógica que el desbordamiento del gozo y de la alegría que otros compartieron con nosotros. Ahí está el elemento imprescindible de “renovación de la fe y de la vida cristiana. En efecto, la misión renueva a la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones” (RMi 2). ¿Acaso no es ésta nuestra encrucijada? ¿Acaso no es ésta la misión joven a la que estamos llamados en nuestra sociedad laica?

 

 

[1] COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES DE LA CEE, La misión ad gentes y la Iglesia en España (2001) 45. Para el desarrollo de muchas de las ideas aquí expuestas, cf. E. BUENO – R. CALVO, Diccionario de Misionología y Animación Misionera, Monte Carmelo, Burgos 2003.

[2] Cf. E. BUENO DE LA FUENTE, La dignidad de creer, BAC, Madrid 2005, 257-279; R. CALVO PÉREZ, ¿Laicismo o laicidad? ¿Hacia donde vamos?, en AA. VV., Nuevos paradigmas y vicencianismo, Editorial CEME, Salamanca 2006, 127-167.

[3] J. ELZO, Los jóvenes españoles y la Iglesia: una relación asimétrica, «Sal Terrae» 87 (1999).

[4] COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES DE LA CEE, La misión ad gentes y la Iglesia en España (2001) 32.

[5] Cf. J. VALDAVIDA LOBO, La misión y los jóvenes. Motivación pastoral, «Monte Carmelo» 110 (2002) 583-593.

[6] E. BUENO DE LA FUENTE, La misión de iglesias en estado de misión, «Misiones Extranjeras» 192 (2003) 19-30.

[7] Cf. R. TONELLI, Rejuvenecer la Iglesia. Lectura pastoral de páginas escogidas de los Hechos de los Apóstoles, CCS, Madrid 2006.

[8] S. DIANICH, Iglesia en Misión. Hacia una eclesiología dinámica, Sígueme, Salamanca 1988, 176.

[9] E. BUENO DE LA FUENTE, Retos y desafíos de la misión Ad Gentes para la Iglesia en Aragón”, en AA. VV., 2000 años de cristianismo en Aragón. VI Jornadas de Teología, Zaragoza 2000, 45.

[10] Este planteamiento lo desarrollamos en R. CALVO PÉREZ, Hacia una pastoral nueva en misión, Monte Carmelo, Burgos 2004; cf. AA. VV.,Por una pastoral para la nueva universalidad, Facultad de Teología, Burgos 2002; V. ALTABA GARGALLO, La planificación pastoral al servicio de la misión. Por qué y cómo planificar la acción pastoral, CCS, Madrid 2007.

[11] Cf. AA. VV., El primer anuncio en una sociedad poscristiana, Facultad de Teología, Burgos 2004; C. GARCÍA DE ANDOIN, El anuncio explícito de Jesucristo, HOAC, Madrid 1997; J. MARTÍN VELASCO, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander 2002.

[12] AA. VV., Los organismos de animación misionera. Espacios de comunión, Facultad de Teología, Burgos 2004.

[13] Dicha perspectiva pneumatológica es la que hemos destacado en nuestra obra La pastoral, acción del Espíritu. Ungidos y urgidos en esperanza, Burgos 2002.

[14] Cf. «Misiones Extranjeras» 217 (2007) [Jóvenes en la misión] donde se plantea esta cuestión desde perspectivas variadas y sugerentes.

[15] Cf. H. BOURGEOIS, Los que vuelven a la fe, Mensajero, Bilbao 1995.

[16] Estas son algunas de las claves que se resaltan en R. CALVO PÉREZ (dir.), Diccionario del Animador Pastoral, Monte Carmelo, Burgos 2005.