VITAL EL ÁRBOL, MUJER

Me gusta lo pequeño. Las moscas, por ejemplo. Hay una mosca muy pequeña, que casi no se ve, Ceratitis capitata. Es la mosca de la fruta. No suele vivir en las casas, y menos en las casas de la ciudad. Yo la conocí en el laboratorio. Tuve que criarlas a cientos, en botes de cristal: alimentarlas, cruzarlas y dormirlas en un sueño mortal; para luego observarlas y realizar un conteo, y otro, y otro… Sólo unas pocas lograban escaparse y se pasaban el rato revoloteando y causándome picor con su zumbido. Cientos, miles, me aburrían; terminaban siendo números en un cuadro estadístico. Una sola me fascinaba: bajo el microscopio, era toda ojos, inmensos, rojos, y toda alas.

 

Todo esto ocurría en cuaresma. De un huevo una larva, y una mosca. Teníamos que localizar un macho y una hembra concretos, dejarlos solitos y… cientos de huevos en nada de tiempo. Al calorcito las moscas iban naciendo, caminaban con torpeza y comían una papilla repugnante. Y de repente, ¡zas!, ¡se lanzaban a volar una tras otra!

Y así llegó la pascua. Tenía que hablar de la resurrección (aún yo no sabía hablar). Conté esta historia, el cuento de las moscas; parecía que les dolía nacer, arrugadas, diminutas, torpes… Y sin saber cómo, descubrían sus alas y echaban a volar. Pero yo estoy segura de que no volaban porque tuvieran alas, sino porque tenían unos inmensos ojos rojos.

 

Después de muchas pascuas han pasado muchos dibujos por mí. Y creo que dibujo no por tener manos, sino por tener mirada (aún incompleta mirada de asombro).

Y… no sé por qué dibujo, me sale un poco por necesidad y un mucho por placer; tal vez dibujo lo que no sé decir de palabra.

Sin buscarlo, siento que me vierto un poquito en cada imagen: en el círculo lunar, en el estambre, en la roca… Y en roca me convertiría si fuera personaje de un cuento, por la lentitud de mis latidos, por detenerme tanto para hacerme consciente y para disfrutar de vivir.

 

Si fuera personaje de un cuento…

Pero no necesito serlo. Esta vida es ya de por sí asombrosa, sorprendente. La realidad supera con mucho a lo imaginado. Basta observar, en lo pequeño y en lo inmenso…

Me fascina saber, sentir, que el universo y, más aún, su sentido, está contenido en un átomo, en la más diminuta partícula que contiene un átomo… Me estremece escuchar los gemidos de la creación en su irse desvelando, dolorosamente, como creación nueva…

Descubro cuánto me enriquece la diferencia, y que mi rechazo inconsciente de lo clónico responde al complacerse de la vida en sí misma.

 

Y lo que me fascina y me estremece, lo que descubro y me desborda, lo que veo claramente cuando cierro los ojos, eso es lo que siento que quiere salir en cada dibujo.

 

Dibujando creo, confío.

Creo en la mujer,

y en el hombre. Completos.

Creo en la capacidad creadora.

Y espero.

Espero nada;

nada en esencia distinto de lo que vivo,

de lo que puedo vivir, experimentar, desear…

Sé, siento, que nada de todo esto se pierde:

la gota de color,

el canto del grillo,

tu sueño,

mi deseo,

nuestro dolor…

No puedo no vivir con gozo esta vida-primicia,

incluso en la contradicción y el sufrimiento.

 

Me gusta lo pequeño.

Una semilla, de la que por ejemplo surja un gran árbol.

Si pienso en algo vital,

imagino una mujer y dibujo un árbol.

Y veo una iglesia, un templo,

rasgada por el árbol,

enraizado en el centro

y asomando frondoso entre el muro circular apenas en pie.

(Ahí dibujaríamos un gran mural.)

Pueden entrar la luz y el aire.

Y el árbol inmóvil

lo remueve todo.

 

Veo una niña

con una mochila.

Danza con el árbol, con la luz y con el aire.

No necesita volver a casa cada día,

pues lleva en la mochila lo que necesita: una sonrisa.

 

Mónica Cruz

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