Vivir de fe: el testimonio de la primera creyente

La Vida de Fe de la Primera Discípula

 

Bien para realizar diversos encuentros de reflexión y oración en torno a María, bien para programar una lectura meditada y celebrada de cómo nos la presenta Lucas en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, proponemos estos materiales acerca del «vivir de fe», de la «experiencia de la fe», de la «experiencia de Dios».

 

 

 

            María, modelo de fe

 

El Nuevo Testamento, particularmente el Evangelio de Lucas, nos presenta a María como «primera creyente», como modelo de fe, al asumir responsable y libremente la misión que Dios le confió como madre.

Según Lucas, María formó parte de uno de los círculos de discípulos y seguidores de Jesús. En torno a Jesús de Nazaret, se formaron dos grupos de seguidores: el de los que, creyendo en él, permanecían en su pueblo o ciudad —al que pertenecen, por ejemplo, José de Arimatea, Zaqueo, Marta y María—, y aquel otro de los discípulos que seguían a Jesús por todas partes —«los doce», Cleofás, Matías, María de Magdala, Juana, Susana y María la madre de Santiago, entre otros—.

María de Nazaret, la madre de Jesús, fue discípula como cuantos formaron el primero de los esos dos grupos. Ahora bien, como primera creyente, Lucas resalta su presencia en el momento fundacional de la comunidad cristiana, en Pentecostés (cf. Hch 1,13-14). En este sentido, hay que entender que María culmina su camino de fe integrándose en la comunidad de los que creen en el Resucitado, formando parte de la Iglesia.

 

 

            «Vivir de fe»

 

Tras la Resurrección, tanto la fe como el seguimiento adquieren una nueva configuración o, mejor, los seguidores pasan a ser simplemente «creyentes». «Vivir de fe» es ahora la clave de identidad de los seguidores de Jesús. Y ésta es la clave con la que Lucas describe la figura de María en el «evangelio de la infancia».

Vivir de fe, para los cristianos, significa vivir sostenidos por la «experiencia del amor salvador de Dios», una fe que nos recrea que nos proporciona una vida nueva. Y si la fe nos da vida, el cristiano siente igualmente que esa vida es un regalo que hay que compartir, anunciar y, a su vez, regalar a otros.

Ahora bien, tanto la clave para vivir de fe como para anunciar el amor salvador de Dios, arrancan, deben estar enraizados en una profunda experiencia de Dios, de fe, como la tuvo María.

  1. Experiencia y testimonio de fe

 

Contemplando a María, proponemos los materiales que siguen para reflexionar y orar con ella en torno a su experiencia y testimonio de fe y, de este modo, orientar mejor nuestra propia experiencia y testimonio. Comenzamos orando con María:

 

 

Seguir a Jesús,

como tú, María,

es revestirse de Él,

ir adquiriendo cada vez más

un asombroso parecido con Él,

es reproducirlo.

En el admirable itinerario de tu fe

nos enseñaste cómo esperar,

cómo perseverar

—aun en medio de la incomprensión—,

cómo seguir caminando

—aun en la noche—.

 

 

Sí, María,

inicio y madre de nuestra fe,

fundadora de nuestra comunidad de creyentes,

en ti descubrimos qué es fidelidad

—fe convertida en perseverante espera—,

de ti aprendemos cómo seguir a Jesús

—aunque de Él nos separe la distancia

geográfica o cronológica—,

tú nos enseñas cómo hacer de Jesús

el amor y la pasión dominante de una vida.

Tú misma nos configuras con Él,

te haces en nosotros madre suya,

describes en nosotros sus rasgos.

En nosotros lo haces niño de Belén

y Crucificado de Jerusalén,

artesano del taller, profeta del Reino,

silencioso contemplativo

y apasionado activo.

J.C.R. García Paredes

 

 

Vivir de Fe: Experiencia y Testimonio

 

Como clave para interpretar y como «dinámica» de la reflexión proponemos la siguiente narración, que enmarcamos en un contexto y con sus correspondientes pautas de trabajo.

 

Reflexión inicial

 

Un reconocido teólogo de este siglo, Karl Rahner, afirmó que el cristiano para mañana, o es un místico, es decir, «alguien que ha tenido alguna experiencia de Dios», o no será cristiano. Algo que también podría ser aplicado a los de ayer y a los de hoy. Ser cristiano no consiste únicamente en dar crédito a unas afirmaciones o enunciados de la fe, sino en tener experiencia personal de aquello que hizo que nacieran esas afirmaciones o enunciados. Se corre el peligro de conformarse con creer solamente de oídas, por lo que otros nos han dicho, por costumbre, por inercia, por comodidad, y no porque lo hayan visto nuestros ojos. Se corre el peligro de quedarse a mitad de camino viviendo superficialmente de la fe de otros.

A cada uno de nosotros Jesús nos dirige esta pregunta: ¿quién dices que soy yo? Y a esta pregunta no quiere que respondamos con lo que hemos oído decir a los demás. Quiere que le digamos lo que han visto nuestros ojos en él, aquello que ha provocado en nuestras vidas, aquello que nos ha revelado nuestro Padre celestial. Al final, la fe nace de la revelación, es  un don que Dios hace a cada persona. Revelación que para cada uno podrá venir de diversas maneras y por infinidad de caminos; don que hay que acoger, vivir, experimentar. A partir de ahí, como María, la fe se convertirá en testimonio, en anuncio… Será como la fragancia de un perfume transportado por doquier en alas del viento.

 

 

Oler a Dios

 

A un hombre de Espíritu le preguntaron en qué consistía eso de experimentar y vivir la fe. Él, sin pensárselo dos veces contestó: «Consiste en oler a Dios». Viendo la extrañeza que causó su respuesta, la aclaró mejor contándoles esta historia:

 

“Un día Dios llamó a tres personas y les regaló a cada una un pequeño frasco que contenía el perfume de la Vida Eterna. La primera de ellas, abrumada por tal regalo del mismísimo Dios, fue corriendo a por una cadenita de oro para colgarse el pequeño frasco del cuello. Eso le recordaría a Dios y le haría tenerlo siempre presente.

La segunda marcho deprisa a su casa, derramó el perfume en un recipiente y comenzó a analizar su composición química hasta obtener la fórmula. Se la aprendió de memoria e hizo que los demás también se la aprendieran para que supieran en qué consistía el perfume de la Vida Eterna.

La tercera persona abrió el pequeño frasco y vació todo el perfume sobre su cabeza y se marchó a perfumar el mundo”.

 

Terminada la historia preguntó: «¿Quién de los tres dejó de oler como hombre para oler a Dios?» Los que le escuchaban contestaron evidentemente que el tercero. Y él añadió: «Pues en eso consiste experimentar y vivir la fe: en oler a Dios».

 

 

Dinámica para el trabajo en grupo

 

Conforme a como se empleen los materiales (dentro de un conjunto de reuniones y celebraciones o simplemente para una reunión-celebración), se podrá preparar este encuentro, por ejemplo, tras una pequeña fiesta o merienda donde todos han traído algo para regalar a los demás. También el obsequio podría venir del animador que ofrece al grupo una minimerienda (galletas y refrescos). En cualquier caso, sería aconsejable que todo ello se hiciera antes de tratar el tema. De tal manera que cuando llegara el momento de la dinámica, se recordara la «experiencia» que se ha vivido antes sacando paralelismos con la experiencia de la fe. Unos a otros o el animador se han dado un regalo que simbolizaría el regalo de la fe, y todos lo han gustado y disfrutado. No se han quedado de brazos cruzados mirándolo, ni se han conformado con leer los ingredientes con que estaban hechas las galletas o los bocatas, sino que han saboreado y han comido.

 

 

CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO

 

¡ ¿Qué has escuchado decir a los hombres sobre Dios? ¿Quién es Jesús para ti?

¡ ¿Qué piensas de la narración aplicada a la fe?

¡ ¿Qué es para ti la fe? ¿Cómo se lo explicarías a alguien que no sabe de qué va?

¡ ¿De qué manera experimentas a Dios en tu vida?

¡ ¿Qué opinas de la afirmación: «El cristiano del mañana, o es un místico, es decir, alguien que tiene experiencia de Dios, o no será cristiano?».

¡ ¿Qué nos puede decir María sobre esto de la fe?

 

 

 

 

La Fe de la «Primera Cristiana»

 

Esta última parte de los materiales sugiere las grandes líneas para la reflexión sobre cómo vivió la fe María según el Evangelio de Lucas. Se trataría, por tanto, de ir sucesivamente leyendo y comentado todos los pasajes lucanos donde ella aparece, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles.

Como materiales y dinámicas para dicha lectura y comentario pueden emplearse las diferentes propuestas que contiene el Cuaderno Joven de este número de la revista, así como la sección «Buena Noticia» de «Noticias MJ2000». También proponemos a continuación dos oraciones-poesía con el mismo objetivo y, en su caso, para organizar alguna Celebración de la Palabra».

Por último, sugerimos una nueva narración para cerrar las reflexiones y encuentros sobre María de Nazaret como la mujer que supo «vivir de fe», como la «primera cristiana».

 

 

A María madre

 

¡Qué dulce sueño, en tu regazo, madre,

soto seguro y verde entre corrientes rugidoras,

alto nido colgante sobre el pinar cimero,

nieve en quien Dios se posa como el aire de estío, en

enorme beso azul,

oh, tú, primera y extrañísima creación de su amor!

Déjame ahora que te sienta humana,

madre de carne sólo,

igual que te pintaron tus más tiernos amantes,

déjame que contemple, tras tus ojos bellísimos,

los ojos apenados de mi madre terrena;

permíteme que piense

que posas un instante esa divina carga

y me tiendes los brazos,

me acunas en tus brazos,

acunas mi dolor,

hombre que lloro.

Virgen María, madre,

dormir quiero en tus brazos hasta que en Dios despierte.

 

DÁMASO ALONSO

 

María de la liberación

 

María de Nazaret, esposa prematura de José el carpintero

—aldeana de una colonia siempre sospechosa—, […]…

Enséñanos a leer la Biblia —leyendo a Dios—

como tu corazón la sabía leer,

más allá de la rutina de las sinagogas,

y a pesar de la hipocresía de los fariseos.

Enséñanos a leer la Historia —leyendo a Dios,

leyendo al hombre— como la intuía tu fe,

bajo el bochorno del Israel oprimido,

frente a los alardes del Imperio Romano.

Enséñanos a leer la Vida —leyendo a Dios,

leyéndonos— como la iban descubriendo tus ojos, tus manos,

tus dolores, tu esperanza.

Enséñanos aquel Jesús verdadero,

carne de tu vientre, raza de tu pueblo, Verbo de tu Dios;

más nuestro que tuyo, más del pueblo que de casa,

más del mundo que de Israel,

más del Reino que de la Iglesia.

María nuestra del Magníficat:

¡queremos cantar contigo!

¡María de nuestra Liberación!

 

PEDRO CASALDÁLIGA

 

 

Reflexión inicial

 

Hay cosas que escapan a los ojos corporales pero que no pasan desapercibidas al corazón humano. Las cosas esenciales de la vida: el amor, la amistad, la fraternidad, la bondad, la ternura, la paz… no se ven con los ojos sino que se perciben desde el «corazón». Este corazón representa simbólicamente el centro más íntimo y profundo de nuestro ser, capaz de sentir lo que está más allá de los sentidos. Y es desde ahí desde donde se puede ver a Dios. Verle o no verle es cuestión del «corazón». Por ello, sólo los que son «limpios de corazón» podrán ver a Dios. Y ser limpio de corazón no es más que alimentarse de las cosas esenciales de la vida.

El problema viene cuando el hombre no se alimenta de lo esencial de la vida sino de lo superfluo del mundo. Cuando lo superfluo llena el interior de la persona, con la pretensión de ser lo esencial, el corazón humano se ciega y se aleja de la esencia de la vida: Dios mismo. En esto consiste el pecado. El hombre vive volcado y disperso en lo superfluo del mundo: sus posesiones, sus intereses, sus quehaceres, sus ganancias, sus honores, sus placeres,… y queda cegado para ver a un Dios que le envuelve continuamente con su presencia providente. No hay peor enfermo que el que no reconoce su enfermedad, pero para aquel que la reconoce, se le han abierto las puertas de la sanación. Basta con que diga: «Señor, que vea».

 

 

Ojos para ver

 

Un hombre acudió al médico oculista muy preocupado porque había momentos en que no veía nada por uno de sus ojos. El especialista, tras una exploración inicial, le dijo:

— ¿Y cuándo nota usted que no puede ver?

— Pues cuando quiero ver a Dios, —contestó el hombre—. Por mucho que lo intente y lo busque, no veo nada de nada.

— Ya entiendo — exclamó el médico.

 

Tras largo rato de pruebas, el diagnóstico era claro. Tenía cegado el ojo del corazón. Y así se lo comunicó. Después de un breve silencio, preguntó el hombre, algo afectado:

— ¿Tiene curación este mal doctor o quedaré ciego para siempre?

— Claro que tiene curación, —dijo con voz tranquilizadora el médico—. Por los síntomas que presenta su caso, creo que llegará a ver con claridad. Pero todo dependerá de lo fiel que sea al tratamiento y las ganas que tenga de ver.

 

El hombre, intrigado, le volvió a preguntar: —¿Y qué síntomas son esos? El médico contestó: —Pues el hecho de que usted quiera ver a Dios demuestra que su corazón no está del todo cegado. Esa necesidad es un síntoma esperanzador. No querría buscarlo si no lo hubiera encontrado ya de alguna manera en su corazón.

— ¿Y cuál será el tratamiento? —dijo el hombre. A lo que respondió el médico:

— Tendrá que seguir una estricta dieta. Su corazón deberá desapegarse de todo aquello que oculta el rostro de Dios en su interior y alimentarse, únicamente, de las cosas esenciales de la vida.

 

 

Dinámica para el trabajo en grupo

 

El animador pondrá encima de la mesa siete cintas de papel de celofán de colores diferentes. Luego pedirá un voluntario. Este voluntario representará el enfermo del relato y los demás harán de médicos oculistas. El animador le irá atando, una por una, todas las cintas de celofán para taparle los ojos. Hecho esto se representará la idea del relato; el joven dirá que quiere ver a Dios y los médicos harán su papel. Tendrán que ir diciendo, por turno, aquello que le impide ver el rostro de Dios en su interior (riquezas, egoísmo, odio, poder…). Por cada dos que digan, el animador le quitará una venda de celofán de los ojos.

 

 

CUESTIONES PARA EL DIÁLOGO

 

¡ ¿Qué cosas son para ti las esenciales de la vida?

¡ ¿Qué es para ti el pecado?

¡ ¿En qué consiste eso de alimentarse de lo superfluo del mundo? ¿Te preocupas por la «salud» de tu «corazón»?

¡ ¿Qué opinas de esta afirmación: «No querrías buscar a Dios si no le hubieras encontrado ya»?

¡ Mirar el ejemplo de María —y orar con la oración que sigue— para después preguntamos: ¿Cómo es mi búsqueda de Dios? ¿Cómo lo percibo en mi vida?

 

 

 

 

Madre del silencio

 

 

Madre del silencio y de la humildad,

tú vives perdida y encontrada

en el mar sin fondo del Misterio del Señor.

 

Eres disponibilidad y receptividad.

Eres fecundidad y plenitud.

Eres atención y entrega por los hermanos.

Estás vestida de fortaleza.

 

Eres Señora de ti misma

porque nada guardas de ti.

Estás dentro de Dios y Dios dentro de ti.

El misterio total te envuelve y te penetra,

te posee, ocupa e integra todo tu ser.

 

Se embargo, tu silencio no es ausencia,

sino presencia.

Estás abismada en el Señor

y, al mismo tiempo,

atenta a los hermanos en Caná.

 

Haznos comprender que el silencio

no es desinterés por los hermanos

sino fuente de energía e irradiación,

no es repliegue sino despliegue;

y que, para derramar vida
es necesario morir a ella.

 

El mundo se ahoga en el mar del ruido

y no es posible amar a los hermanos

sin un corazón callado y atento.

Haznos comprender que el servicio

sin silencio es alienación,

y que el silencio sin entrega

es comodidad.

 

Envuélvenos en el manto de tu silencio

y comunícanos la fuerza de tu fe,

la altura de tu esperanza

y la profundidad de tu amor.