VIVIR DE FÉ

TODOS «vivimos de fe», cada cual con la suya; y todos, cristianos y no cris­tianos, personas religiosamente creyentes o no, debiéramos aceptar la confron­tación abierta de las bases sobre las que se apoya. Por paradójico que parezca, hoy y en esta perspectiva, habría que afirmar que sólo cree de verdad quien está dispuesto a dejar de creer si ve que debe hacerlo.

Ubicar coherentemente la fe en nuestros días nos exige comprender y purificar la «identidad cristiana». En ese proceso, habrá que estar particularmente atentos tanto a ser «fieles a los orígenes» como a «encarnarse en la situación histórica».

Quizá sea necesario añadir que, por tratarse de un problema eminentemente pastoral, será necesario atender más a un «¡identidad cristiana en la práctica» que a simples declaraciones dogmáticas o meramente especulativas.

 

Y… ¡dejémonos de monsergas! No sólo resulta difícil, según lo dicho, una división de las personas entre creyentes y no creyentes, sino que además es im­posible. La fractura fundamental, que obliga, a cada cual a colocarse en una u otra parte de la misma, se relaciona con el ,:tema de la injusticia y la solidaridad. El mundo está profundamente dividido en dos mitades desiguales: ¡hay que to­mar partido por una de ellas!

Desde nuestra orilla cristiana, entonces, la fe deberá vincularse estrechamente a la justicia o, por el Contrario, servirá tan sólo para configurar el rostro insensible o irreal, cuando no perverso, de quienes por una pretendida búsqueda de Dios terminan olvidando al prójimo.

 

DIOS ha creado al hombre lo menos posible», según la sugerente expre­sión de Saint-Bonnet, sin duda para que con su libertad construya y narre histo­rias que ayuden a vivir, en concreto, para que aquí y ahora reescriba el Evangelio de jesús de Nazaret, esto es, para comunicar Buenas Noticias a los hombres y mujeres de hoy. En ésas se coloca este número de Misión Joven.

José Luis Moral

CARDENAL RAÚL SILVA HENRÍQUEZ

«CONQUISTADO POR JUAN BOSCO Y POR LOS POBRES…»

 

EL pasado 9 de abril terminaban los largos y profundos 91 años de vida del Cardenal Raúl Silva Henríquez, obispo emérito de Santiago de Chile. Nacido el 27 de septiembre de 1907, uniendo trabajo y estudio era él el décimo sexto hermano del total de 19 que formaban la familia Silva- se licenció en Derecho en la Universidad Católica de la ciudad en donde más adelante se le conocería más como el «amigo de los perseguidos y de los pobres» que como el Cardenal-Arzobispo. Ejerce un tiempo como abogado pero pronto se sintió conquistado por Don Bosco. El ambiento salesiano sirvió de caja de resonancia para que Raúl sintiera profundamente la voz de Dios. Se hizo Salesiano. Terminados los estudios de teología en Italia y, de regreso a Chile, se dedicó diversos años a la docencia y formación de salesianos. Hasta que en 1959 es nombrado Obispo de Valparaiso y, dos años después, Arzobispo de Santiago.

Su lema episcopal -«El amor de Cristo nos urge»- se convirtió en verdad activa y transformadora. Comenzó por iniciar la reforma agraria antes que lo hiciera el mismo Estado y creó cooperativas de •auto-ayuda» para la construcción de viviendas. Eran años conflictivos, en los que intentó por todos los medios salvar la democracia durante el go­bierno de Salvador Allende, protagonizando y promoviendo el diálogo entre las fuerzas políticas y militares. No fue escuchado y vino el golpe militar. A partir de ese momento, si cabe, sería más incomprendido aún. Pero siguió alzando su voz en defensa de los Derechos Humanos, creó el «Comité Ecuménico para la Paz» y la «Vicaría de la Solidari­dad» para luchar por los derechos de los injustamente perseguidos y la gente más des­heredada. Justo en aquella época en que los militares prohibían la fundación de institu­ciones culturales que promovieran la investigación y pensando siempre en la formación de los jóvenes- fundó dos institutos universitarios («Blas Cañas» y «Humanismo Cristiano»), además de dar vida a las «Aldeas SOS» para niños sin familia.

AL frente de la Iglesia de su país, por otro lado, consiguió una perfecta sintonía con el pueblo, convirtiéndola en la institución más prestigiada y querida por los chilenos. Decidido y valiente defensor de las víctimas de la dictadura (1973-1990), plantándole cara al mismísimo Pinochet de entonces, este «Juan XXIII chileno», con el Evangelio en la mano, fue profeta humilde -aseguraba frecuentemente que era «un símbolo demasiado valorado»- que, conforme dejó escrito en su «testamento espiritual«, sólo pretendió ser un voz con palabras de amor: “Amor a la Iglesia, a Chile, a los pobres, a los campesinos, a los jóvenes. Amor, en fin, a todos”.

«Raúl, amigo, el pueblo está contigo«, coreaban los fieles que abarrotaban la catedral de Santiago en 1983 cuando abandonaba su cargo de arzobispo: un grito al cielo contra la injusticia, contra las dictaduras. Un grito con el que reconocer al amigo de los pobres y de los perseguidos. “Ven, bendito de mi Padre –dijo el padre Precht en el funeral de despedida- porque quisiste matar el odio […]. [Porque] nos enseñaste […] a amar la li­bertad, a vivir en libertad […]”. Todo fue y es posible… una vez que, a través de Juan Bosco y de los pobres, fue conquistado por Dios y se colocó junto a los más humildes.

Misión joven