Vivir en cristiano la familia

Eugenio Alburquerque Frutos

 

Eugenio Alburquerque es Director de Misión Joven

 

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

El artículo es una reflexión básica sobre la perspectiva antropológica y teológica de la familia. Desde la antropología señala las notas principales que la definen como comunidad y como institución social. Desde la teología, a partir de las mismas raíces evangélicas, intenta presentar los valores que han de caracterizar a la familia humana y proyectar el significado auténtico de la familia cristiana.

 

Cuenta una leyenda india que una princesa bellísima recibió de su prometido un pesado paquete como regalo en el día de su cumpleaños. Impaciente por la curiosidad, lo abrió enseguida y, en medio de abundante envoltorio encontró una gruesa bala de cañón. Se quedó muy desilusionada y llena de furia tiró contra el suelo el proyectil de bronce. Al caer se abrió la capa exterior y apareció una pequeña bola de plata. La princesa mudó de color y agachándose la recogió. Al tomarla en sus delicadas manos y empezar a darle vueltas, la bola de plata se abrió también y apareció un pequeño estuche de oro. Ahora la princesa estaba radiante; abrió el estuche con mucho cuidado y, en su interior, sobre un blando terciopelo azul, destacaba una maravillosa sortija engarzada con espléndidos brillantes, que hacían corona a dos sencillas palabras: “te amo”.

Es posible que en nuestra sociedad se esté extendiendo la impresión de que la familia no es nada más que un pesado paquete que hay que arrinconar en el desván de la historia. ¿Por qué no atreverse a desatarlo y abrirlo para ver lo que hay dentro? ¿Por qué antes de enviarlo al baúl de los recuerdos, de almacenarlo entre los trastos viejos, de retirarlo de la circulación, no desembalarlo, examinar y reconocer su contenido? Esta es la intención de este artículo: analizar y sopesar la verdad de la familia desde las mismas raíces de la condición humana y de la fe cristiana.

 

  1. La más pequeña democracia

 

Con motivo de la celebración del  Año Internacional de la Familia, se difundió como  slogan que intentaba definir su sentido más genuino y profundo: “la más pequeña democracia en el corazón de la sociedad”.  Se subrayaba así su naturaleza social y el espíritu que debería sostenerla e impulsarla dinámicamente. La familia ha sido considerada siempre como la expresión primera de la naturaleza social del hombre. Aparece inmediatamente como una institución, como un grupo social y también como un peculiar sistema de comunicación, participación y socialización. Realmente constituye la célula primera y vital de la sociedad.

Abundan las definiciones sobre la familia, considerándola desde diversas perspectivas: antropológica, sociológica, ética o jurídica. Pero difícilmente nos encontramos con una definición que logre satisfacer plenamente a todos. En general resultan genéricas, ambiguas, excesivamente amplias. Con estas ambigüedades se encuentra el derecho de la familia: no parte de una definición precisa. La Constitución Española, por ejemplo, le reconoce un lugar muy importante como institución fundamental de convivencia y le asegura la protección social, económica y jurídica por parte de los poderes públicos (art. 39); pero, sin embargo, no la define. Lo cual motiva que los cambios y transformaciones que se producen o que se quieren introducir pretendan todos ampararse en la Constitución. Lo mismo se podría decir sobre la Constitución Europea, en la que la familia incluso ocupa un lugar muy reducido.

Ante tales dificultades y ambigüedades, desde una perspectiva antropológica, conviene fijarse más que en una definición concreta, en los datos que provienen de la antropología y la sociología y que describen su rostro más genuino.

Sociológicamente es posible describir la familia como una institución social, es decir, como una entidad socialmente reconocida, mediante la cual se realizan unos servicios y se cumplen unas tareas importantes para el desarrollo de los individuos y de los grupos sociales. Es cierto que el Estado asume hoy muchas funciones que tradicionalmente desempeñaba la familia (por ejemplo, en el cuidado de ancianos y enfermos o en el campo de la educación), y que los medios de comunicación transmiten también comportamientos y valores de los que se ocupa la familia. Pero, a pesar de estas tendencias, permanecen un conjunto de servicios, funciones y tareas que la familia sigue desempeñando. Actualmente, figuran entre ellos, ante todo, el cuidado y la educación de los hijos y la creación de un ámbito de vida privada.

Por tanto, la familia se comprende como un grupo social que tiene su fundamento, en primer lugar, en la relación de los esposos entre sí y entre padres e hijos. Constituye el grupo social primario por excelencia. Se caracteriza por una asociación y cooperación íntimas, cuyo resultado es una cierta fusión de los individuos dentro del todo común. Como todo grupo primario, atiende a las necesidades psicológicas de los individuos, modela los elementos centrales de la personalidad y responde a sus necesidades de afecto, seguridad e intimidad. Es el ámbito natural en el que el hombre adquiere conciencia de su dignidad, del hecho de ser amado y querido por sí mismo. Deviene así, el lugar del desarrollo personal: no sólo los hijos, sino también los mismos padres encuentran en la familia un estímulo o un obstáculo para su realización y desarrollo.

En este sentido, representa un sistema de comunicación y socialización. Como han advertido algunos sociólogos, la familia funciona como una especie de “taller antropológico”.  Dentro de él, el ser humano es gestado, arropado y educado; es incluso acompañado hasta su muerte. A diferencia de cualquier otra forma o institución social, sólo en la familia importa el individuo en sí mismo y por sí mismo. Es decir, el lazo familiar es un lazo personal y propio; cada ser humano importa por ser él mismo, independientemente de la utilidad o rentabilidad social, cultural, profesional. El recién venido a este mundo, para desarrollarse humanamente, tiene muchas necesidades y exigencias a las que, aunque sea de manera desigual, según la situación real, responde la familia. Entre estas exigencias se encuentran especialmente: la necesidad de acogida, afecto, aprendizaje y comunicación. La familia representa el habitat personal y primario del hombre, donde nace, crece y muere como persona humana. De manera que la condición de ser familia no es otra cosa que realizar el nacer, vivir y morir según las exigencias de un amor radical e incondicional que surge de la dignidad personal de quien nace, vive y muere.

Pero, aunque la familia constituye una institución social, no es, sin embargo, simplemente, una realidad o estructura socio-cultural. Sus raíces más hondas son las antropológicas. Es decir, la familia es una estructura exigida por el ser mismo del hombre y que atañe al nivel más profundo de sus necesidades. De suyo, pertenece a la estructura misma de ser hombre. Su verdad más fundamental radica en que el hombre es un “ser familiar”. Es decir, la familia no nace simplemente de estructuras sociales o económicas, ni se sostiene fortuitamente; constituye, más bien, la premisa de la existencia y de cualquier nueva vida humana.

La familia arranca de la unión conyugal; está conformada por lo que constituye la esencia misma de esta unión; y llega a ser un “nosotros”, una comunidad de personas que constituye, en realidad, la primera sociedad humana. Realmente, más que una unidad social, económica o jurídica, como a veces se entiende simplemente, la familia es una comunidad de amor y de solidaridad. Es decir, la familia encuentra su fundamento no en la organización social, en el contrato, o en la ley, sino en la capacidad de amar familiarmente y desarrollarse solidariamente.

Amar familiarmente significa amar en la familia y desde la familia, sintiendo vivamente esta pertenencia que llega a impregnarlo todo. Desde la perspectiva familiar, el amor promueve la vida y el bien de todos sus miembros; unos y otros comparten recíprocamente lo mejor de sí mismos. En la familia, el amor constituye la fuerza interior que la orienta e impulsa a una unidad cada vez más profunda, que es el fundamento de la comunidad conyugal y familiar.

Y es además comunidad de solidaridad. No se trata, simplemente, de la solidaridad entendida como valor ético; es la solidaridad que atraviesa las barreras y fronteras humanas y que nos hace sentir la cercanía y el influjo de los otros, que promueve el reconocimiento de todos, la participación y el compartir juntos. Esta trama de solidaridad alcanza su mayor intensidad precisamente en la familia, porque en ella se encuentran las raíces de la existencia. La solidaridad no es algo abstracto e indeterminado; más bien se trata de un valor muy concreto y preciso. En la familia llega al grado más alto de intensidad y proximidad. Así, por ejemplo, los hijos llevan impresas las pruebas de la solidaridad que los une a sus padres, no sólo en el espíritu sino también en todo el cuerpo. Y no es sólo la herencia genética, sino también el influjo educativo, que es siempre decisivo.

Esta comprensión de la familia como comunidad de amor y de solidaridad manifiesta algunos aspectos irrenunciables de su verdadera naturaleza humana. Y desde esta comprensión antropológica es posible llegar también a la representación de la familia como microsociedad, como verdadera célula constitutiva de la sociedad; no sólo en el sentido que la sociedad engloba la familia, sino también en un sentido más existencial, en virtud del cual, dentro de la familia crecen y maduran los individuos a una relación familiar más universal, a la fraternidad y solidaridad con todos los hombres.

 

  1. De la familia tradicional a la familia post-nuclear

 

Para llegar a comprender el sentido de la familia, es importante llegar a sus raíces y orígenes. ¿Cómo y por qué surge? ¿quién la instituye? ¿es simplemente algo natural? Nadie parece dudar hoy que la familia tiene un origen natural o biológico; tanto la atracción sexual entre la pareja como las funciones básicas de la procreación y del cuidado de los hijos parecen avalarlo. La misma especie humana necesita organizar los vínculos de parentesco (de matrimonio y de filiación) para asegurar así la continuación del grupo humano. Pero, al mismo tiempo, no se puede negar tampoco su carácter cultural: la estructura y las funciones de la institución familiar están sometidas a las variaciones de la evolución histórica. De manera que la familia es, al mismo tiempo, una realidad natural y cultural, y en cuanto tal es moldeada por la cultura de cada pueblo y de cada tiempo.

Precisamente por ser una realidad social, a lo largo de la historia se han desarrollado distintos tipos de familia, unos muy simples y otros más amplios y extensos. En la actualidad, se tiende a la llamadafamilia nuclear; es la familia elemental, reducida, formada por marido, mujer e hijos, aunque en algunos casos convivan también con ellos una o más personas (por ejemplo, los abuelos). Es el tipo más universal y representa ya el modelo tradicional en las sociedades occidentales.

Pero actualmente se habla también de familia post-nuclear como una variación o alternativa a la familia nuclear. Este nuevo modelo de familia tendería a separar un conjunto de aspectos que en la familia nuclear se han vivido unidos (necesidades sexuales, procreación, intimidad).  Hoy nos encontramos ante nuevas formas de familia que se han ido generando desde los comienzos del siglo XX: comunas, amor libre, cohabitación, parejas de hecho, matrimonio abierto o colectivo, familias monoparentales, etc. Se trata no solo de múltiples situaciones inéditas, sino también de una gran variedad de formas y de matices según las clases sociales, las creencias religiosas y los niveles culturales. ¿Hasta qué punto es posible reconocer en estas nuevas formas sociales el significado que alcanza la familia? ¿Pueden desarrollar y cumplir las funciones propias de la familia?

 

2.1. Funciones de la familia

 

Sea cual sea el modelo cultural, la institución familiar ha tenido y tiene asignadas un conjunto de funciones que cumplir y desempeñar. Se han señalado con mayor frecuencia y relevancia: satisfacer las necesidades físicas de sus miembros (alimento, vestido, vivienda, salud), formar los roles sexuales, cubrir las necesidades afectivas,  favorecer la salud mental, fortalecer la personalidad, estimular las actitudes de aprendizaje, apoyar la creatividad, preparar para la participación, integración y aprendizaje social. Teniendo esto en cuenta, parece posible concentrarlas en torno a cuatro grandes funciones a las que la familia está llamada a atender hoy de una manera especial.

Existe, ante todo, una primera función procreadora, que no termina en el acto de dar a luz, sino que requiere también la ayuda y protección para el desarrollo humano, así como el quehacer educativo. Pero, además, asegurar el sucederse de las generaciones, la continuidad de la historia y, en definitiva, el servicio a la vida, sigue siendo función primaria de la familia humana. En realidad, la procreación constituye la prueba más clara de la necesidad natural de la familia. Pero es necesario superar un sentido meramente biológico de procreación. Los avances científicos, el desarrollo de las técnicas de reproducción in vitro pueden suplantar a la familia como unidad de reproducción si ésta se entiende simplemente como un hecho biológico, pero no si se comprende su sentido verdaderamente humano. No se trata de la simple propagación de la especie, sino de propagarla humanamente. Esa es la fuerza humanizadora de la familia, que aparece ya desde el mismo momento de la manifestación de su función procreadora.

La institución familiar representa, además, la célula primaria de la sociedad. Lo es, porque en ella, la persona es afirmada por vez primera como persona por sí misma y de forma gratuita; y porque contribuye a la integración del individuo en su contexto socio-económico y cultural. Es el agente socializador por excelencia, especialmente en la primera infancia. Es, realmente, la primera y fundamental escuela de socialidad. Esta función social caracteriza la vida diaria de la familia y representa una aportación fundamental a la sociedad. Implica un conjunto de aspectos importantes en la realización de las personas: el sentido de pertenencia al grupo, la capacidad de situarse en él con identidad propia, el aprendizaje de los valores culturales, éticos y religiosos, que contienen los ideales hacia los que el hombre se orienta. Se realiza esta función socializadora siendo ejemplo y estímulo para implantar un sistema de relaciones sociales sobre los valores que constituyen el clima familiar, como el respeto, el diálogo, el amor. La familia es para cada individuo el primer lugar de encuentro con el bien, la verdad y la belleza, y, al mismo tiempo, el ámbito para sentir la necesidad de realizarse en coherencia con ello.

Es importante también la función de maduración de todos los miembros de la familia. Una visión global del comportamiento humano permite comprobar que las relaciones que se establecen en el seno de la familia tienen un influjo de primera magnitud en el proceso de maduración de las personas. Esto es posible siempre que se llegue a una intimidad conyugal que transcienda el egocentrismo y a un horizonte de vida en común. Hoy, la cultura occidental dominante tiende a hacer difícil la percepción del amor auténtico. Si a esto se unen otros factores sociales (como, por ejemplo, la movilidad espacial o la independencia económica de la mujer) es posible comprender la crisis en la pareja y, quizás, también en los hijos. Lo importante entonces será poder encontrar los dinamismos capaces de resolverla.

Finalmente, es posible hablar de una función terapéutica: la pareja compenetrada y que vive en armonía favorece el desarrollo de personalidades estables y equilibradas. Por el contrario los conflictos en la pareja, la falta de estabilidad y armonía, repercuten negativamente en el desarrollo y educación de la prole.

 

2.2. La sociedad necesita la familia

 

Todos los estudios de antropología cultural destacan la importancia de la familia en la sociedad. Es una institución presente en todas las culturas. Durante muchos siglos, las relaciones sociales han estado profundamente caracterizadas por la presencia de la familia en el tejido social. Quizás, puede aparecer esto de manera especial en la cultura greco-romana. Según Aristóteles, los Estados surgen de las familias, de manera que la sociedad encuentra su más sólido fundamento en el entramado constituido por los vínculos familiares.

En el mismo sentido subrayaba Cicerón que el núcleo de los Estados y sociedades es la familia. En ella tienen su origen todas las instituciones de los pueblos, incluso el Estado: “todos los seres vivos tienden por instinto a la procreación, y por ello la primera sociedad es el matrimonio y la siguiente los hijos, es decir la casa donde las cosas son comunes. Este es el principio de la ciudad y, por así decirlo, el granero del Estado” (Sobre los deberes I, 17). La familia constituye el ámbito primario de la dimensión social del hombre. Antes de ser ciudadano, el hombre es hijo, hermano, esposo-esposa, padre-madre, es decir, es miembro de una familia; y precisamente por ser miembro de una familia es miembro de una sociedad concreta.

La familia es, pues, un bien muy importante para la sociedad, no sólo porque de ella depende la continuidad de su existencia, sino, sobre todo, porque en la familia se establecen, comunican y transmiten los valores, la cultura, los modos de entender la vida. Por eso, la sociedad necesita a la familia y no sólo en el sentido demográfico y económico, sino en un sentido mucho más hondo. Realmente constituye la célula básica de la sociedad: su bienestar está íntimamente unido al bienestar de la familia. De manera que si la familia está en crisis, debilitada y postergada, toda la sociedad resulta también amenazada. Por razón de la misma sociedad, por el bien común, interesa mucho que el Estado, el derecho, la cultura la promuevan y defiendan a través de un esfuerzo de renovación y actualización.

 

  1. Un proyecto de familia desde la fe

 

La familia cristiana no es diferente de las demás familias. Por eso, desde la teología, lo primero que se debe afirmar es que la fe no impone un modelo familiar, ni tampoco desde la fe se puede imponer un determinado tipo de familia, porque el evangelio no lo propone. Los modelos de familia tienen, más bien, raíces antropológicas, sociales, culturales. Lo propio de la familia cristiana no está en el sustantivo (familia), sino en el adjetivo (cristiana). Es decir, la diferencia radica en ser una comunidad creyente y eclesial. En la familia cristiana hay una opción de fe que orienta el discernimiento de los modelos y el compromiso por los valores humanos y evangélicos. En este sentido podemos decir que más que hablar de familia cristiana habría que hablar de vivir en cristiano la familia.

Desde la iluminación bíblica y la perspectiva de los recientes documentos de la Iglesia voy a intentar reflexionar sobre el proyecto que nos llega desde el evangelio, y a profundizar en la relación familia-Iglesia. Existen ciertamente en la teología actual las bases para situar la familia como realidad eclesial, lugar de experiencia y anuncio de la fe, ámbito de evangelización y compromiso en la construcción del Reino.

El proyecto cristiano de la familia tiene que confrontarse necesariamente con el evangelio. Aunque en él no encontremos un modelo sociológico de la familia, válido para todos los tiempos y todas las culturas, sí es posible encontrar el horizonte y los valores que han de caracterizar toda la familia humana. Y el proyecto cristiano ha de mirar también a la Iglesia primitiva, en la que la casa familiar era el lugar de maduración en la fe, de la catequesis y la oración.

 

3.1. La familia desde el evangelio

 

En el tiempo de Jesús, la familia israelita está organizada según el modelo de la familia patriarcal. Evidentemente este modelo familiar es muy distinto del modelo actual. Pero conviene tenerlo en cuenta porque las enseñanzas de Jesús hay que situarlas y leerlas a la luz del contexto social de aquel tiempo.

Dos son las categorías en torno a las cuales podemos enmarcar la enseñanza evangélica sobre la familia: el seguimiento y el Reino de Dios. El seguimiento expresa la relación fundamental del creyente con Jesús; y el reino de Dios constituye el núcleo central de su predicación y la causa a la que entrega toda su vida.

Lo primero que llama la atención en los evangelios es la insistencia con que afirman que quienes siguen a Jesús tienen que estar dispuestos a abandonar la familia (Mt 8,22; Lc 9,59-61). De hecho, los primeros discípulos responden a la llamada al seguimiento, dejando inmediatamente al propio padre (Mt 4,22; 19,27; Mc 10,28; Lc 5,11). Jesús contrapone la relación que sus seguidores han de tener con él, con las relaciones familiares: “el que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10,37). Claramente las exigencias de Jesús entran en conflicto con la familia. Jesús afirma que no ha venido a traer paz, sino división y enfrentamiento también entre los miembros de una misma familia (cf. Lc 12,51-53).

Sin embargo, la enseñanza de Jesús sobre la familia no se reduce a estas afirmaciones. Son muchos los textos en que defiende las relaciones de familia o en los que presenta estas relaciones como modelo de comportamiento para sus discípulos. En este sentido podemos apreciar la defensa de la estabilidad del matrimonio y la condena del repudio o del divorcio. Pero, además, las relaciones de familia le sirven, con frecuencia, a Jesús para explicar el significado del reino de Dios y la bondad del Padre del cielo. En efecto, Dios es como el padre que escucha y atiende siempre a sus hijos (Mt 7,9), que perdona y acoge al hijo que se va de casa (Lc 15,20-32). Es decir, Jesús reconoce la familia como una realidad social importante y como una institución de origen divino que debe regirse de acuerdo con la voluntad de Dios. Es significativo el mismo hecho de que él quisiera vivir tanto tiempo en el seno de la familia. Pero no la propone como un valor absoluto. La adhesión a Jesús está por encima del amor entre padres e hijos.

Este es también el mensaje que ofrece la reflexión teológica desde la perspectiva del reino de Dios. Jesús lo presenta como la única alternativa de salvación que se ofrece a los hombres (Mt 6,33). Constituye el verdadero proyecto de vida que él impulsa. Es la idea central de su predicación. Por él ha vivido, actuado y dado la vida. Y ciertamente, lo que fue decisivo para Jesús, debe serlo también para la familia.

Jesús defiende, sin duda, la institución familiar y la estabilidad del matrimonio. Pero para él, hay algo que es anterior y está por encima: el reino de Dios y su justicia. Lo decisivo para Jesús, no es la familia de carne sino la que tiene que constituirse bajo el reinado del único Padre, la gran familia de los hijos de Dios que se basa en la igualdad y en la fraternidad de todos los hombres. Y es en este sentido en el que hay que entender que si la propia familia resulta un obstáculo para seguir a Jesús y acoger el Reino, la exigencia evangélica es la ruptura de esta relación familiar.

El mensaje del evangelio supone, pues, la superación de una concepción privada y egoísta de la familia; e implica también un fuerte sentido de libertad respecto a la propia familia, la misma que los seguidores de Jesús han de tener respecto al dinero, al poder y al prestigio. Jesús no presenta la unidad familiar como un valor absoluto. El absoluto está en la adhesión a Él y en el Reino que anuncia.

 

3.2. La familia revela y construye la Iglesia

 

La relación de la familia al seguimiento y al reino de Dios propicia también su relación a la Iglesia. Porque la Iglesia es la comunidad de los seguidores de Jesús, que nace y vive para ser signo y sacramento del reino de Dios.

En la Iglesia primitiva, en los primeros siglos, arraiga y crece la concepción de la familia como una pequeña Iglesia doméstica. Así la designan san Agustín y san Juan Crisóstomo, que dirige a los fieles la siguiente invitación: “Que cada uno de vosotros convierta su casa en una Iglesia”. La expresión tiene su origen ya en el Nuevo Testamento: los Hechos de los Apóstoles y las cartas de san Pablo se refieren a hogares cristianos como comunidades de fe, de culto y de misión. El concilio Vaticano II recogió esta concepción tan rica y sugerente en la Constitución sobre la Iglesia (LG 11). Y desde entonces, casi imperceptiblemente, la expresión “Iglesia doméstica” se ha ido convirtiendo en una forma corriente de describir la familia cristiana (cf. FC 49).

Esta relación familia-Iglesia encierra una gran riqueza teológica y pastoral; sugiere ademáas múltiples implicaciones y consecuencias. Como la Iglesia, la familia cristiana es un lugar reservado a la Palabra de Dios; en ella es escuchada, comentada y anunciada. Es también ámbito celebrativo y de oración. Constituye un espacio para el servicio en la caridad. Y, sobre todo, esta concepción nos abre a la consideración eclesial de la misión y funciones de la familia cristiana.

Pero    la dimensión eclesial de la familia se revela y realiza no sólo a nivel del obrar, sino también del ser. En la familia, esta misión arranca de su mismo carácter sacramental: del sacramento del matrimonio. Este la hace signo y presencia de la Iglesia de Cristo. Como el sacramento del matrimonio es la consagración del amor de los esposos, la familia es también imagen de la Iglesia por ser, como ella, “comunidad de vida y amor”. Siendo comunidad de vida y amor, se manifiesta como Iglesia y revela la caridad de Cristo.    La comunidad familiar no es entonces solamente una realidad sociológica o jurídica, sino que es además fuente de santificación para los esposos e hijos, puesto que Dios se halla presente en su unión, en el centro de su mutuo amor, y ellos participan de la gracia de este amor.

 

3.3. Misión de la familia cristiana

 

En el designio de Dios, afirma Familiaris consortio, la familia descubre no sólo su identidad sino también su misión; no sólo lo que es, sino también lo que debe hacer. Y lo que debe hacer brota de su mismo ser y representa, al mismo tiempo, su propio desarrollo humano. Si la familia está constituida como “íntima comunidad de vida y de amor” (GS 48), su cometido queda definido, en última instancia, por el amor. Su misión será, pues, ” comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo el Señor por la Iglesia ” (FC 17).

Partiendo del amor, los cometidos esenciales de la misión de la iglesia podemos concentrarlos en: la formación de una comunidad de personas, el servicio a la vida, la participación en el desarrollo de la sociedad y en la vida y misión de la Iglesia. Siguiendo de cerca la exhortación apostólica de Juan Pablo II sobre la familia, subrayo muy brevemente algunos de estos aspectos.

 

a) Ante todo, la familia está llamada a construir una comunidad de personas. El fundamento y el principio interior que la sustenta es el amor. Sin el amor, “la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse” (FC 18). La familia es comunión de personas y tiene que crecer en comunión. Se expresa y desarrolla, en primer lugar, entre los mismos cónyuges que, en virtud del amor conyugal, “no son ya dos, sino una sola carne” (Gen 2,24). Y esta unión íntima implica la donación personal y total, la unidad, la fidelidad y el valor de la indisolubilidad. Además la comunión conyugal es la base y construye también la comunión más amplia de la familia. Esta radica en los vínculos naturales de la carne y de la sangre; pero se desarrolla y perfecciona cuando maduran junto a éstos, los vínculos de la fe y del espíritu. En este sentido, todos los miembros de la familia están llamados a construir día a día la comunidad de personas y hacer de la familia una “escuela de humanidad más completa y más rica” (GS 52).

 

b) Dios crea al hombre y la mujer a su imagen, y los llama a participar en su amor y en su poder creador, mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión de la vida humana. De manera que “el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida” (FC 28). En este sentido, la fecundidad es el signo y el fruto del amor conyugal; testimonia la entrega plena y recíproca de los esposos. En contra de una mentalidad anti-vida que crece y se extiende socialmente, la familia cristiana está llamada a creer y defender, como don espléndido de la bondad de Dios, toda la vida humana, aunque sea débil y enferma. Además, la fecundidad del amor conyugal y el servicio a la vida no termina en la procreación responsable. Continúa en la tarea educativa como respuesta a la obligación de ayudar a los hijos a vivir una vida plenamente humana. El mismo amor paterno/materno determina el deber educativo de los padres. A través de la educación, la familia promueve la consolidación de los valores fundamentales como la libertad, un estilo de vida sencillo y austero, la justicia y “el sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás” (FC 37).

 

c) La familia está llamada, además, a abrirse a las demás familias y a asumir una función social. Está necesariamente inmersa en la sociedad y en la cultura actual, participa de su valores y contravalores; no puede, pues, vivir fuera del mundo. Es parte viva de la sociedad, factor de cambio y laboratorio de una convivencia solidaria. En cuanto “célula primera y vital de la sociedad” (AA 11), constituye su fundamento y alimento continuo y es, al mismo tiempo, la primera escuela de las virtudes sociales. Como sean las familias, así será la sociedad.

La familia constituye en sí misma una escuela social que estimula los grandes valores (respeto, justicia, solidaridad, amor) y las relaciones comunitarias. Este ambiente de valores y actitudes compartidas en el seno de la familia tiene que ayudar a configurar un hombre capaz de vivir su vida dentro de una sociedad pluralista y conflictiva. Pero la función social de la familia no se reduce al ámbito intrafamiliar. Su acción ha de extenderse a otras personas y situaciones. En medio de una sociedad competitiva, la familia cristiana es ámbito de acogida y hospitalidad; y siente el compromiso concreto de compartir solidariamente. Además, la función social de la familia tiene que manifestarse también en la intervención política, “es decir, las familias deben ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan positivamente los derechos y deberes de la familia” (FC 44).

 

d) La familia, como pequeña Iglesia, está necesariamente al servicio del reino de Dios. Por ello, uno de sus cometido principales es participar activamente en la vida y misión de la Iglesia. La familia es imagen y representación histórica del misterio de la Iglesia. Está insertada de tal manera en la Iglesia, que ha de participar también en su misión de salvación. Del mismo modo que la Iglesia no es una comunidad cerrada sino misionera y evangelizadora, la familia cristiana, en virtud del sacramento del matrimonio, está obligada a ser testigo y anunciadora del evangelio de Jesús. Al igual que la Iglesia, la familia debe ser un espacio donde se irradia y es trasmitido el evangelio. Ante todo, es la propia familia el lugar primero de la realización de la vocación apostólica. Dentro de la familia, los mismos miembros han de ser evangelizados. En este sentido, la familia acoge y anuncia en su seno la Palabra de Dios, cuida la catequesis familiar, se abre y educa en los valores trascendentes, y crece como comunidad orante en el diálogo con el Señor. Pero luego, la vocación apostólica se proyecta y llega a otras familias, a la pastoral parroquial, a las iniciativas sociales, y a los movimientos eclesiales.

 

Eugenio Alburquerque

estudios@misionjoven.org