Vivir sembrando esperanza [Memoria espiritual y testimonio del Portavoz de la Familia Ortega Lara][1]

Isaac Díez 

Isaac Díez es Provincial de la Provincia Salesiana de Bilbao.

“NOTICIAS DE UN SECUESTRO”

José Antonio Ortega Lara fue secuestrado el día 18 de enero de 1996 y liberado el 1 de julio de 1997. Fueron 532 días de cruel tortura, de barbarie, de inhumano cautiverio. Tiempo, por otro lado, en el que la solidaridad de los españoles con él y su familia creció y creció. Datos de este estilo poblaron los medios de comunicación. Eran noticias y noti­cias del secuestro. Detrás o, mejor, dentro, muy dentro estaban las vidas y sus corredores interiores.

Mi primera palabra quisiera ser un gra­cias y un reconocimiento a los Salesianos y a toda la Familia Salesiana.

A lo largo de los 532 días del secuestro de José Antonio Ortega Lara, siempre me he sen­tido acompañado, y acompañado desde la más absoluta discreción. Y eso no tiene precio. ¡Gra­cias!

Por ello, cuando me han invitado a presentaros mi experiencia y reflexión, lo he asumido como un deber de gratitud. Entre las muchas propues­tas que he tenido, de todo tipo, sólo he acepta­do ésta, y por el motivo que acabo de indicar

Hay otro aspecto que me interesa recalcar: me dirijo a estudiantes de teología, o sea a Sa­lesianos jóvenes, que serán muy pronto los ani­madores de nuestras comunidades religiosas y de nuestras comunidades educativas; por tan­to, los pastores responsables de la educación de la fe de los jóvenes y de las comunidades educativas del siglo XXI. Pastores al estilo y se­gún el corazón de Don Bosco, que quiso que los salesianos fueran especialmente expertos en la educación de la fe y dirección espiritual de jóvenes, en la pastoral y el acompañamiento vocacional, en la religiosidad popular y en la animación de la devoción mañana. ¡Casi nada! Buen reto y precioso programa de formación.

Me han invitado a que os presente mi lectura de fe de la experiencia vivida a lo largo del secuestro de José Antonio Ortega Lara.

Entrar en el campo de la fe supone descubrir el campo del sentido. Sí, el sentido de la vida, de la acción, de la historia. Se trata de leer los acon­tecimientos con ojos de fe, con los ojos de Dios.

Esto significa que, en una lectura así, son inse­parables los hechos y su interpretación. Los acontecimientos de la vida pueden tener muchas interpretaciones. La realidad tiene muchas caras, muchas lecturas, muchas interpretaciones. Es la persona quien las unifica y les da sentido. En es­te caso, me toca a mí unificar y dar sentido a un secuestro. Unamuno afirmaba que el único tema es la vida y la mejor novela es el Evangelio, pues es palabra encarnada sin bambalinas ni decora­ciones realistas, ya que el Evangelio une a los he­chos e interpretación, su sentido.

En el caso del Evangelio, la lectura e inter­pretación de los hechos las hizo una comuni­dad. En mi caso concreto, la experiencia per­sonal es subjetiva, ya que ha sido vivida por mí. Queda reducida a mi persona e interpreta­

da por mi persona, lo cual es una doble re­ducción y una limitación que debo reconocer claramente desde el principio. Desde esta óp­tica y sin más pretensiones, os presento bre­vemente mis vivencias y reflexiones.

1. El reto de lo imprevisto: «Dios está aquí y no lo sabía» (Gén 28,16)

Hemos de aprender a descubrir la presencia de Dios en todos los momentos de la vida, ¡especialmente en los imprevistos!

Posiblemente estéis esperando escuchar de­talles, hechos, anécdotas. ¡Es lógico! Pero no me detendré mucho en eso. Sólo lo necesario e imprescindible. Si me hacéis preguntas al final, eso será otra cosa. Ahora voy a lo fundamental. La cita del Génesis, con la titulo este punto, me sirve para abrir un primer bloque que, a mi mo­do de ver, resume muy bien la primera expe­riencia significativa: el reto de lo imprevisto, que se impone como un absurdo, nos pide llegar a descubrir también en él la presencia de Dios.

La vida siempre es apertura y novedad, y supera todo lo imaginable. Pero hay momen­tos que se imponen con tal fuerza y rotundi­dad como para marcar profundamente y obli­gar a detenerse. En esos instantes, es muy di­fícil ver la presencia y acción de Dios.

Entre otros muchos momentos así, presen­taré tres, y desde ellos la vivencia, los resortes y salidas que encontré.

Día 18 de enero de 1996. José Antonio lleva casi veinticuatro horas sin aparecer. Pensa­mos, al principio, que se podía tratar de un ac­cidente. Se mezclan la confusión, el marasmo, el temor de encontrarlo muerto en cualquier cuneta, la búsqueda de luz y sentido a todo ti­po de preguntas. Y, por fin, acompaño a mi hermana para denunciar el caso en una comi­saría de policía. El Comisario Jefe me plantea un reto al proponerme que, en esos momen­tos, asuma la función de portavoz de la familia. ¿Yo? Con tanta confusión, inseguridad, descon­cierto, ¿qué puedo hacer yo, qué se me pide?

No se sabe nada de José Antonio. La fami­lia más directa no entiende qué pasa, los me­dios de comunicación comienzan a preguntar y querer saber las cosas y detalles más dispa­res. ¿Qué se me pide?

Pronto van apareciendo el coche, el comu­nicado de ETA reivindicando el secuestro, las interpretaciones. El asunto comienza a tomar perfiles más definidos y, a la vez, hace surgir infinidad de preguntas.

El primer planteamiento parece estar ya hecho: ¿qué se me pide a mí como portavoz de la familia?

En ese momento mi postura es de reflexión y escucha: escuchar a las personas del entor­no familiar, de las organizaciones sociales, de la gente de la calle, de la masa que acude a manifestaciones y concentraciones. La carga afectiva que la gente proyecta sobre ti es enor­me. El peso de las palabras que pronuncias y la avidez con las que las devoran es indes­criptible. ¿Qué te están diciendo? ¿Qué se te pide? ¿Cómo respondes?

Mi primer ejercicio es de escucha y contem­plación. Dios es el Creador y está en los entre­sijos de cada vida y de cada historia. También en ésta. El gran reto es descubrir qué me está diciendo, qué me pide, a quién me envía, y có­mo seré capaz de no ocultar su rostro.

El planteamiento lo hice rápidamente, y desde entonces mi oración cada mañana fue siem­pre la misma: «Señor, dame luz y claridad pa­ra ver hoy qué es lo que me pides, y la gene­rosidad suficiente para no retirarme ni buscar componendas».

Me costó más y fue más difícil ver con cla­ridad cuál era el mensaje y la palabra que de­bía anunciar y cómo y con qué detalles debía realizar lo que se me pedía como una misión.

Sería muy largo el detenerme en presentar los detalles e indicios que me fueron iluminando. Pero caí pronto en la cuenta de que se me pedía presentar los valores en los que creía y que había vivido siempre: el sentido de la per­sona, el valor de la vida a la luz del misterio de la Cruz y Resurrección, el valor de la solidari­dad en la Redención. Los valores que pueden fundamentar una convivencia humana y, como clave de todo esto, un punto, que es centro en la espiritualidad educativa salesiana: el acom­pañamiento. Es un punto fundamental, nadie puede realizarse como persona, si no se sien­te acompañado. Nosotros lo llamamos pre­sencia, asistencia, sistema preventivo: ¡acom­pañara Me detendré más adelante en este te­ma, que es básico y fundamental para toda persona humana y representa el grado más elevado en la vivencia de la solidaridad.

En realidad ya están presentadas aquí to­das las claves de fondo. Sin embargo, me de­tendré en otros dos hechos para matizar y perfilar mejor todo lo expuesto.

Doy un buen salto en el tiempo y me pre­sento en el mes de mayo de 1996.

Han pasado cuatro meses. El día 17 de ma­yo, yendo a una boda, mueren en accidente de tráfico unos familiares míos: una tía, Soledad, y una prima, María Jesús. No quiero detenerme en detalles. El absurdo de la muerte se impone con una cercanía y un zarpazo imponentes. El tío, los primos, los niños pequeños, huérfanos, y además el tener que acompañar a mi herma­na Domi en este trance. ¿Dios es amor? ¿Có­mo se experimenta su bondad? Me piden una Eucaristía en el tanatorio y también presidir el funeral. ¿Qué celebramos?

Todos se agarran y se apoyan en mí. ¿Qué puedo ofrecerles?: el sentido de la vida a la luz de Jesús. Una Cruz, la mayor prueba de amor, y una vida entregada que, en el aparente fra­caso y destrucción violenta, es la más fecun­da, la única fecunda, pues es sembrar y encontrarse con la Vida de verdad, con la Resu­rrección. Iluminar el sentido de la vida aquí, sembrar resurrección, descubrir la medida que señala la auténtica eficacia en nuestro mundo ¡Sembrar Resurrección!

¡Cómo se simplifican y cambian de sentido las cosas y su valoración, cuando las analiza­mos desde este prisma! Pero es muy duro y sólo se puede aceptar desde una fe inque­brantable en el misterio vivido por Jesús. Acom­pañar en estas claves y en este trance es re­velador y, como dice un autor, el mejor semi­nario para todo sacerdote es la vivencia cris­tiana de la cruz.

Un tercer detalle para acabar y sintetizar esta parte. Nos hallamos ya en diciembre de 1996, el 20 de diciembre. ¿Qué sucede ese día?

Es el día de comienzo de las vacaciones de Navidad. ETA publica su segundo comunica­do sobre el secuestro de José Antonio y todos los medios de comunicación se hacen eco de él. Llevamos casi un año de secuestro y las Navidades están encima. Me encuentro fuera de Burgos y llamo para indicar a mi hermana Domi que me será difícil ir al día siguiente, pe­ro no pude decir nada. Es la segunda vez en todo el año que por teléfono comprendí su es­tado de abatimiento. A los pocos minutos es­taba acompañada por el Director del colegio Salesiano de Burgos y, poco más de una hora más tarde, estaba yo con ella.

Acompañar a una hermana en un momento así no es fácil. Irla llevando a lo largo del año, mal que bien, no me había costado demasia­do, aunque fue un «plato fuerte». Pero ese día se presentaba una situación muy especial. La evolución psicológica a lo largo de todo el año iba pasando por fases muy definidas de agre­sividad, incomunicación, impotencia. ¿Se ave­cinaba una fase, en algún sentido, depresiva? Los tintes de autoestima negativa por la pre­sión y situación social eran evidentes. ¿Cómo acompañar a una persona en esos momen­tos? ¿Que resortes tocar? ¿Qué sentido podía invocar en esta situación?

El dolor absurdo provocado por los hom­bres estaba retando de forma fatal mi presen­cia y mi «acompañar» a Domi en esa tarde del 20 de diciembre, en vísperas de Navidad.

No sé cómo, pero fue el sentido de la En­carnación el que afloró y sirvió de canal en es­ta situación: el Dios humano, encarnado en la historia sangrante de cada persona y cada grupo. El valor sagrado de la persona y la lu­cha porque cada uno descubra esta grandeza original. Acompañar al que se siente explota­do, deprimido, humillado, hasta que descubra y viva que dentro de él está Dios y que él es imagen, rostro, presencia del misterio de Dios.

Sintetizando, pues, señalo como puntos sig­nificativos:

  • La escucha y generosidad en descubrir lo que Dios nos pide en cada persona y cada ocasión.
  • Centrar nuestro vivir en hacer real el miste­rio de la Cruz y Resurrección de Jesús.
  • Comprometerse en acompañar a cada uno, sobre todo al más humillado y deprimido, hasta que descubra y viva su vocación ori­ginal: ser imagen y semejanza de Dios, hijo o hija de Dios.

2. «Sacudamos todo lastre de pecado y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, que inicia y consuma nuestra fe, que en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la derecha del trono de Dios» (Hb 12,1-1)

Aparece la solidaridad en la Redención a la luz del misterio de Jesús muerto y resucitado.

Pasaré ahora a presentar algunos puntos que me parecen básicos en lo referente a los contenidos sobre los que he ido reflexionando a lo largo de este tiempo. 

2.1. Destruir es muy fácil.

Lo importante es construir y construir vida

Como portavoz de la familia debía hablar. Los medios de comunicación estaban en to­das partes y en todos los momentos, y me obli­gaban a responder y a enjuiciar y canalizar cual­quier situación, gestión, paso o acontecimien­to. No abordo, para nada, el tema de la im­portancia y atención a los medios de comuni­cación; ése es un asunto importantísimo. Só­lo me centro en el mensaje o mensajes que desde el principio consideré debía presentar y proclamar.

En la situación de secuestro que privaba de libertad a José Antonio y ponía en riesgo su vi­da, el primer punto que desde el principio tu­ve muy claro es que lo importante en la vida es construir.

Siempre me venía a la mente esta breve na­rración que escuché de niño.

En cierta ocasión se hallaba un monje bu­dista meditando en silencio, apoyado en el tronco de un árbol, cuando un guerrero altivo y orgulloso pasó por allí. Al encontrarlo, le dijo desenvainando la espada:

– «¡Pide tu último deseo, pues te voy a matar con mi espada!». Sin inmutarse, el monje le respondió:

– «Deseo que cortes con tu espada la rama de este árbol». Y… ¡zas!, el guerrero la cortó de un tajo con su espada y le amenazó de nue­vo.

– «Prepárate a morir». El monje continuó:

– «Aún no he terminado. Ahora toma la rama cortada y vuélvela a poner de nuevo en el ár­bol, para que siga produciendo flores y frutos».

– «Eso es imposible», gritó el guerrero. El monje continuó serenamente:

– «Date cuenta de que destruir es muy fácil, es cosa de niños. Cualquier niño es capaz de destruir el juguete más preciado. ¡Lo impor­tante y difícil es dar vida, hacer que aumen­te la Vida!».

Construir vida. Ése es el primer gran men­saje y contenido que durante este tiempo ha estado en mi cabeza. Vida, que es un misterio y que, debido a unas circunstancias particula­res, se iluminaba, como siempre pero con lu­ces específicas, desde el misterio pascual de Jesús. Vida que es Muerte y Resurrección, Vier­nes Santo y Domingo de Pascua.

Eso supera todo lo imaginable y, en concre­to, se hace y exige el compromiso de ir sem­brando Resurrección, que es la Vida definitiva. ¿Cómo y quién siembra Resurrección? La ex­periencia y misterio de la persona y del obrar de Jesús es el camino y la verdad en este misterio de construir y llegar a la vida Podría ir desgra­nando momentos y situaciones límite de aque­llos meses de secuestro que se iluminaron des­de aquí, pero ahora no me detengo en ello. 

2.2. El misterio de la persona individual y sus derechos

José Antonio sufría un secuestro político. Estaba reducido a un objeto de negociación «política». ¿Qué valor tiene la persona? Como es lógico éste es otro punto fundamental: el valor de la persona. Toda persona es fin en sí misma. Nadie debe tratar como un objeto a una persona humana. Nunca como ahora se habla tanto de derechos humanos, y quizás nunca como hoy se ha manipulado tan sibilina y cruelmente a las personas.

Afirmar el valor de la persona significa tam­bién que toda persona posee en sí misma mu­cho más bien que mal; que en su ser tiene un punto que, tocado, puede ir desarrollando un proceso de crecimiento hasta lo insospechado; que todos somos sujetos de nuestra propia his­toria y debemos vivirla como protagonistas.

Somos seres históricos y situados. Los otros y las circunstancias podrán colocarnos en si­tuaciones difíciles y ante retos absurdos, pero cada persona ha de afrontar su historia y sus retos como protagonista responsable de su vi­da y de su historia. Por ello, lo educativo ha si­do otro de los elementos siempre presente en mi reflexión. Desde este punto de vista hay un nuevo contenido que debo abordar.

2.3. ¿Cómo «poner base» a la vida y a la convivencia social?

El tercer punto tiene que ver, como es ló­gico, con el carácter del secuestro: lo político. Ni que decir tiene que no pretendo detener­me en este punto. Sólo nombro el terna. A mi hermana Domi y a la mayor parte de los miem­bros de mi familia les provocaría una reacción muy especial.

No hago, pues, ningún análisis de las situa­ciones, personas, instituciones y grupos polí­ticos con los que he tenido que relacionarme. Presento sólo las reflexiones que en este apar­tado me han ido surgiendo.

La persona es un ser social. La vocación política es algo admirable. En alguna ocasión, hasta me han insinuado que pudiera liderar al­gún movimiento ciudadano. Pero, en concre­to, ¿qué vida y convivencia social puede ha­ber en una sociedad que no respeta los dere­chos fundamentales de las personas, como son el derecho a la vida y al ejercicio de la li­bertad? ¿Cuáles son los medios y cuáles los fines en el desarrollo de la convivencia políti­ca? ¿En qué consiste la vocación política? ¿Cuáles son los deberes fundamentales de todo gobernante? ¿Se puede hablar de chan­taje cuando está por medio una vida humana?

En el trato con los políticos y los responsa­bles del gobierno, y en las declaraciones so­bre estos temas en los medios de comunica­ción, todos estos puntos tenían que estar muy claros y definidos. La situación de las perso­nas del entorno familiar, a veces, pedía y exi­gía posturas duras y de denuncia. Pero siem­pre el sentido de la persona, la visión de la po­lítica como una vocación y no sólo como un ejercicio del poder más que de gobierno, y la concepción de que no se pueden confundir los fines y los medios, han ido perfilando la ac­tuación y declaraciones durante este tiempo. Las podría sintetizar así:

  • Los políticos no sólo han de garantizar los derechos de las personas, sino que deben hacer viable el ejercicio efectivo de todos sus derechos, como son la vida y libertad.
  • La convivencia social sólo se puede basar en el ejercicio efectivo de los derechos de las personas. Una sociedad que pisotee cual­quier derecho fundamental no es humana ni tiene futuro.
  • Los intereses partidistas y electorales son secundarios y no pueden ser el fin de la acti­vidad política. La eficacia, sin más, no ha de buscar el aumento de poder o el ganar votos.
  • El hacer en política un discurso teórico y abs­tracto es una forma de escaparse y de que­dar bien, sin afrontar los problemas concre­tos y personales de la vida diaria, que son los únicos que importan a la gente del pueblo.

Así sólo se logra que lo político vaya por un lado y la vida social concreta, por otro. Realis­mo, pues, sentido concreto de la realidad, que no es lo mismo que la obsesión por la eficacia inmediata.

Y en este laberinto, mi experiencia cristiana me ha indicado dos grandes líneas o caminos para afrontar tantas cosas: la hipomoné, que nos presenta el Apocalipsis, y la cristificación o resu­rrección cósmica, de la que habla San Pablo. 

2.4. La «hipomoné»

Ante todo, debo decir que una de las cartas más bonitas e interesantes para mí, re­cibida a raíz de la liberación de José Antonio, fue la del profesor que me explicó San Juan y el Apocalipsis en los años de licencia en teo­logía. En esa carta me habla de estas dos ac­titudes y posturas que os he señalado: la hi­pomoné y el sentido pleno de la Redención. El libro del Apocalipsis, escrito en un tiempo de persecución y crisis, anima a los cristianos a vivir la hipomoné, o sea, la resistencia activa.

El presente es malo, pero el futuro es nues­tro. Los poderes de este mundo son limitados. El único Señor y dador de vida es el Espíritu. Los demás no pueden dar vida El Señor de la vida es un Cordero degollado y de pie, ¡dego­llado y de pie! La esperanza cristiana, como virtud del compromiso y del obrar concreto en la historia, nos pide que en la vida concreta, cotidiana, vivamos la hipomoné, la resistencia activa en la lucha contra el mal, que ya ha si­do vencido por Cristo.

Ya, pero todavía no. El compromiso con la labor redentora de Jesús tiene corno ley su­prema el ser redentora, pasando por el miste­rio de la donación total, ya que Dios no libra a nadie de pagar el precio que exige la lucha contra el mal, tanto el mal personal –mediante la santificación y el crecimiento espiritual-, co­mo el mal social -mediante el compromiso por la justicia y la paz-. 

2.5. El sentido cósmico de la Resurrección

En mi reflexión sobre la vida social y polí­tica, hay otro aspecto al que le he dado vuel­tas insistentemente y que ha iluminado mu­chas de mis palabras e intervenciones. La Re­surrección de Jesús es un dato histórico, pe­ro supera las coordenadas espacio-tempora­les en que medimos ordinariamente nuestra historia humana. En nuestra historia, se da un dato que supera lo espacio-temporal. La Re­surrección de Jesús, tomada en serio, propor­ciona una luz diferente a nuestro obrar y a nuestro construir un mundo en paz. Nuestro obrar está cuajado de fuerza de Resurrección.

Debemos superar nuestros límites espacio­temporales, para Negar a entender y ver con claridad este misterio de la Resurrección. Por eso, el momento más pleno será aquél en que rotas estas barreras de nuestra realidad corpo­ral física, que nos sitúan en un espacio y en un tiempo concretos,, podamos encontrarnos con el misterio de amor que nos envuelve, o sea, con Dios Padre que espera ser todo en todos.

En este sentido, el dolor y el sufrimiento, vivi­dos en la lucha contra el mal, nos van haciendo cada vez más universales, más de todos, más resucitados, superando lo que es sólo nuestro, para ser parte del cosmos resucitado y pleno en Dios: filos cielos nuevos y la tierra nueva!

No sigo por aquí. Considero que esto es al­go muy profundo, pero que cuesta plantear y desarrollar. 

3. «Saldrá un vástago del tronco de Jesé y un retoño de sus raíces brotará. Sobre él reposará el Espíritu del Señor» (Is 11,1)

En la práctica, para mí, para mi vida concre­ta, ¿qué detalles, actitudes y valores, qué apor­taciones considero que me ha supuesto esta experiencia del secuestro de José Antonio?

– El sentido de la sacramentalidad y la mediación

Toda persona es signo, más aún, imagen de Dios. Lo que define a la persona es ser signo de la bondad y ternura de Dios, sacramento de Dios. Cada persona es fruto del .cesé de Dios, un renuevo del tronco de Jesé, de la ter­nura de Dios. Para valorar, pues, la vida y la persona, más que fijarse en su moralidad -si es buena o mala- hay que tener en cuenta la sacramentalidad, o sea, que es rostro y pre­sencia clara y eficaz de Dios. 

– Las leyes de la acción de Dios en la historia son las que mejor nos describen toda la Historia de la Salvación revelada en la Biblia 

* El Mesianismo: Dios se hace presente y se revela por media de personas.

* La profecía: Dios se manifiesta en su palabra. – El culto: Dios se hace visible en la vida ex­perimentada como ofrenda.

No es el momento de explicar estos puntos, sino de invitar a hacer experiencia concreta con estas líneas del obrar de Dios en la historia:

* Ser el rostro humano de Dios,

* que proclama su palabra y presencia,

* ofreciendo cada día nuestra vida y nuestra acción en favor de aquéllos con quienes compartimos la existencia.

– La capacidad empática

Comprendes y te metes en el pellejo de la gente con mucha más facilidad. ¡Cuánto te en­seña el encontrarte con las personas en estos momentos y claves! Las familias de los muer­tos en atentados, los funcionarios que se sa­ben amenazados, el sin sentido de la muerte o del dolor provocado por la arbitraria decisión de otros seres humanos. En mí, sin duda, ha aumentado esta capacidad de comprensión y empatía ante cualquier situación humana.

– Una mayor sencillez y depuración en la vivencia de las ideas, valores y ambientes

Es algo elemental. La situación te hace cap­tar los valores por intuición y ósmosis. No se necesita explicar casi nada; se capta, a la pri­mera, todo lo fundamental. Sobre esto podría citar detalles y hechos a mansalva. Se respira y capta en el ambiente todo; y a la primera. Los valores se imponen por sí mismos. He recorri­do todo tipo de ambientes y me he encontra­do con toda clase de personas. En seguida descubres los valores y quienes los encarnan. Recibes unas lecciones impresionantes y una llamada constante a la sencillez y a vivir lo fun­damental. Donde está lo primero, lo segundo sobra ¡Y hay tántas cosas secundarias!

– El compromiso de acompañar

Sin duda, aquí aparece la veta salesiana. Nadie puede vivir y sentirse persona, si no se siente acompañado. No haré un panegírico del acompañamiento, expondré tan sólo unas cons­tataciones desde lo vivido.

Acompañar a una persona significa valorar­la como tal, hacer que se sienta sujeto de su propia historia, un valor en sí misma, un hijo o una hija por quien el propio Dios ha dado la vi­da. Acompañar le exige al acompañante que se abra al misterio y presencia de Dios que le habla en elacompañado; acompañar te des­cubre el sentido de la vida, y, a la vez, te com­promete en su avanzar y crecer.

Por eso, acompañar nos compromete, nos exige disponibilidad y entrega y es la forma más profunda de dar la vida por el hermano concre­to y cercano. Es la espiritualidad pedagógica y educativa del Sistema Preventivo de Don Bos­co, que trasforma nuestra vida y acción diaria en una pedagogía y pastoral, capaz de ayudar a los jóvenes a descubrir la presencia y bondad de Dios en ellos, para que se esfuercen en crecer hasta llegar a su plenitud y desarrollo total en Dios. Considero que todo esto es hoy más ne­cesario que nunca y merece la pena.

A eso os animo y me animo, y ¡perdonadme tanto atrevimiento!

Isaac Díez

[1] Nota de la Redacción: El texto que presentamos corresponde a la conferencia-coloquio mantenída por su autor en el Institudo Superior de Teología «Don Bos­co» de Madrid con motivo de la Inauguración oficial del Curso académico 1997-98. Isaac Díez vivió de cerca el secuestro de José Antonio Ortega Lara, su cuñado, y actuó durante el mismo como portavoz de la familia.