Volver a los jóvenes

José Luis Moral es profesor de Teología Pastoral en la Universidad Selesiana de Roma.

SÍNTESIS DEL ARTÍCULO

Quizás el primer desafío que propone el documento del Capítulo General 26 de los Salesianos sea precisamente: volver a los jóvenes. El autor ofrece una reflexión personal partiendo de la misma significación del verbo volver, que al situarlo en relación con la evangelización y los jóvenes, indica la necesidad de iniciar y repensar la praxis pastoral con y desde los jóvenes, contemplando en ellos la historia de Dios y sellando con ellos una nueva alianza educativa.

 

Hay quienes piensan, con razón, que el ser humano de nuestros días vendría a ser una especie de sempiterno trotamundos que, con frecuencia, olvida el destino de sus viajes; no le quedaría entonces otro remedio que tornar al punto de partida para averiguar a dónde se dirigía. Pero nunca resulta fácil volver sobre los propios pasos.

Después del concilio Vaticano II, en la Iglesia, fueron habituales los procesos de vuelta a los orígenes y aún ahora diversos grupos eclesiales siguen en el empeño. El último Capítulo General de la Congregación Salesiana, celebrado en el pasado mes de abril, se colocó en tal dirección con el objetivo concreto de «volver a Don Bosco» y, evitando el peligro de un simple «tirar para atrás», lo definió como «volver a los jóvenes» para evangelizar con todas las consecuencias que los dos términos en juego –jóvenes y evangelización– comportan.

No es el caso de analizar el citado acontecimiento; en cambio, sí que es emblemática para la pastoral juvenil la cuestión del ir y volver a los jóvenes, sobre la que me detengo en las líneas que siguen. Y lo hago metiendo en relación tres acepciones del verbo volver (tornar al lugar del que se partió, volver en sí, salir en defensa) con otros tantos ejes pastorales referidos a los jóvenes, la evangelización y los animadores; de resultas, identifico ese ir y volver a los jóvenes con: 1/ Repensar con y desde las nuevas generaciones; 2/ Contemplar en los jóvenes la historia de Dios; 3/ Firmar una nueva alianza educativa con ellas y ellos[1].

 

  1. Repensar con y desde los jóvenes

 

El primer significado de volver viene resumido en los diccionarios como «ir al lugar de donde se salió». Está fuera de duda que la pastoral juvenil inicia en y con los jóvenes. Al respecto, si la teología en general se preocupa de la correlación entre la experiencia cristiana y aquella de las mujeres y hombres contemporáneos, la diferencia específica de la pastoral –frente a la forma de proceder del resto de las reflexiones y disciplinas teológicas– atañe a la vida como punto de partida: en nuestro caso, la existencia concreta de los jóvenes y de la comunidad cristiana es el «lugar teológico» por excelencia para escuchar y comprender tanto la palabra inmediata de Dios como la respuesta eclesial más adecuada a la misma.

Por eso, con la pastoral juvenil no se trata inicialmente de pensar a la luz de la Biblia o de la Tradición, ni de organizar doctrinas que transmitir, etc.; casi cabría decir que lo contrario: es desde el contacto directo con los jóvenes, con el bagaje de sus esperanzas y frustraciones, anhelos y contradicciones… desde donde se ha de (re)pensar la misma Escritura –junto a la Tradición– y cómo anunciarles la salvación, el «evangelio» o las buenas noticias de parte de Dios.

Ahora bien, ir y volver a los jóvenes no tiene nada que ver con «andar de visita» para después volver a nuestra casa; significa residir en su mundo, es decir, habitar a la intemperie o en los refugios de la cultura y sociedad hodiernas. No podemos inventarnos cobijos que, más o menos, nos aíslen del particular momento histórico decambio epocal que vivimos, antes al contrario, debemos asumir el actual estado de conciencia del ser humano[2].

En este sentido, los jóvenes no son un problema para las instituciones y comunidades eclesiales, por más que algunas quieran escabullirse por esa falsa puerta, sino un desafío y una oportunidad: las nuevas generaciones son una ocasión inmejorable para repensar la experiencia cristiana, para correlacionarla creativamente con la existencia humana (adecuándola a los dinamismos antropológicos) y, en fin, para reconstruir la «práctica religiosa».

Hay que superar, pues, la lógica del «jóvenes igual a problema» (si nos atuviéramos a ella, quizá terminaríamos reconociendo que el problema somos nosotros; pero a poco o nada serviría argumentar con tal perspectiva). Dicha superación, en primer lugar, pasa por sentir con y repensar desde los jóvenes y, después, por encarar los desafíos que nos plantean.

Volver a los jóvenes, entonces, supone ir más allá del «hablar de» hacia el «hablar con» las chicas y los chicos; para tratar, posteriormente, de sentir con los jóvenes, o sea, para ser en verdad compasivos (patire cum),dejándonos guiar no tanto por una razón calculadora cuanto por la «razón compasiva» o ese intellectus misericordiae (J. Sobrino) capaz de sufrir con ellos su condición de víctimas. Más que culpables, en efecto, las nuevas generaciones ni tan siquiera representan la clásica imagen del futuro: constituyen, sobre todo, un fiel reflejo de los disparates presentes de nuestra sociedad y, siendo uno de sus grupos más desprotegidos, padecen las consecuencias más injustas de la crisis común que vivimos.

Aquí está el quid de la cuestión: la humanidad camina hacia unas configuraciones culturales, sociales, económicas, políticas y religiosas de una novedad tan radical como para romper los esquemas de los que hasta ahora nos servíamos para entender la vida. Es así como se está fraguando culturalmente una nueva manera humana de ser y vivir en el mundo. Y no es posible dar marcha atrás (¡son demasiados años de incubación!). Pues bien, a poco que se piense, ya disponemos de una anticipación de resultados acerca del «nuevo hombre» que está naciendo: el rostro y la vida de los jóvenes son esa imagen adelantada.

Vivimos en un momento de transición entre un orden agrietado por todas partes y un nuevo orden del que por ahora sólo conocemos la superficie; un orden sin fondo. De ahí la inseguridad y hasta la angustia: nos resulta poco menos que imposible descubrir y afirmar el «sentido del todo» como unidad del hombre y del mundo. Y los mayores encaramos un éxodo así con grandes dosis de disimulo e intentos desesperados por ocultar la inseguridad. En cambio, los jóvenes se lanzan a tumba abierta en la búsqueda de sentido para ese «nuevo hombre» –cuyo esqueleto ya es el suyo–, sufriendo como nadie los dolores que lleva consigo una transformación de semejante índole.

Se mire por donde se mire, los jóvenes no son un problema sino un desafío y una oportunidad. Hablando propiamente, no hay tanto problemas o cuestiones juveniles cuanto problemas y contradicciones sociales (religiosas o eclesiales) que se reflejan o condensan en los jóvenes. En esta óptica, la cara principal de tal reflejo o condensación reside en el desafío y hasta en la provocación que estimula a encarar esos problemas de la sociedad o de la religión que los chicos y las chicas ponen en (particular) evidencia. Respecto a la Iglesia católica y sus instituciones o congregaciones religiosas, en nuestro caso concreto –y amén de representar por excelencia elrecurso que confirma o niega futuro a todas ellas–, las nuevas generaciones constituyen una óptima oportunidad para repensar la experiencia y vocación cristianas.

Concretamente, encarar la situación de la fe y de la religión para pensarlas desde y pensarlas para los jóvenes exige tomar conciencia de que no es fácil llegar a convencerse de que muchas de las cosas que el joven piensa o hace no las entiende el que no es joven sino después de un profundo proceso de simpatía y compasión, en el que no es infrecuente quedarse a medio camino, es decir, en formas más o menos solapadas de paternalismo o simpleapenamiento.

 

  1. Centrar la experiencia cristiana

 

Existe una acepción más particular del verbo que traemos entre manos. Me refiero al «volver en sí» que remite a recobrar el conocimiento tras cualquier momento de confusión. Volver a los jóvenes también puede ser interpretado en este sentido, entrelazando dicho retorno con la tarea de la evangelización.

Por descontado que lo afirmado respecto a la necesidad de repensar con y desde los jóvenes ni pretende ni puede asociarse a claudicar o perder nuestra propia identidad. Al respecto y frente a las pretensiones de sentido (¿salvador?) de nuestra mercantil y consumista sociedad, el cristianismo es lo que es. Ni podemos edulcorarlo ni diluirlo con pequeñas componendas, so pretexto de facilitar una primera digestión. Anunciar la fe a los jóvenes no es cuestión de camelo o mero proselitismo, tanto menos de negar su propia responsabilidad en las opciones que toman. Ahora bien, siempre se trata de comunicar una buena noticia, por más que revuelva los humores egoístas e individualistas que destila nuestra sociedad; por eso mismo, tampoco ha de transmitirse con esquemas o lenguajes premodernos sino adquirir la carne de las mujeres y hombres –de los jóvenes– de hoy, esto es, resultar creíble y significativa, capaz de sintonizar con su estado de conciencia, por excesivas que sean las interferencias.

Volver a los jóvenes nos exige, en principio, establecer una sintonía comunicativa que requiere el esfuerzo de definir qué cristianismo, qué Iglesia, qué comunidades y qué generaciones nuevas de cristianos corresponden a nuestro tiempo.

El Vaticano II reconoció la necesidad y obligación de vivir y expresar la experiencia religiosa católica con categorías propias de la cultura moderna. A estas alturas, no sólo parece haberse estancado el acercamiento cultural al mundo moderno, sino que retornan las preocupaciones por cerrar filas y afirmar la identidad a base de repetir las certezas de siempre; quizá dejando para un segundo momento la sintonía con los anhelos de los hombres y mujeres, de los jóvenes contemporáneos.

De igual modo, el Concilio fue consciente de que “el futuro de la humanidad estaba en manos de quienes supieran dar a las generaciones venideras razones para vivir y esperar” (GS 31), por eso quiso aclarar cómo el mensaje de la Iglesia conectaba “con los deseos más profundos del corazón humano cuando reivindica la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a quienes desesperan ya de su destino más alto. Su mensaje, lejos de empequeñecer al ser humano, infunde luz, vida y libertad para su progreso” (GS 21).

Infelizmente, por el momento, no parece que la Iglesia se encuentre en grado de infundir a los jóvenes esa «luz, vida y libertad» de que habla la Gaudium et spes. Entre otras cosas, porque apenas si suscita interés entre muchos de ellos: a sus ojos, aparece como una institución un tanto antigua. La irrelevancia de la imagen de Iglesia, al decir de no pocos analistas, va unida al exceso e ininteligibilidad de sus palabras o a los anacronismos que subsisten en su organización interna. Con tino, termina por preguntarse F.J. Carmona “si la relación que la Iglesia mantiene con la juventud, más que fruto del secularismo militante y la postmodernidad, es consecuencia de aferrarse a un proyecto concreto de Iglesia”[3] que le impide encarnarse en nuestro tiempo.

Restablecer la sintonía se une estrechamente a la cuestión precedente del repensar con y desde los jóvenes. Claro está que imaginar y repensar desde otro punto de vista distinto del nuestro (confundido fácilmente como «el punto» de vista único) no es nada fácil. Pero, sin desentendernos de las inconsistencias y contradicciones juveniles, ¿qué otro aviso nos mandan las nuevas generaciones, en primera instancia, con su despreocupación, desinterés o desconocimiento… sino el recado de que «la cosa nuestra no va con ellos»? Por lo demás, existe una cuestión previa a esa de que los jóvenes estén de acuerdo o rechacen «lo nuestro», esto es, el problema de si entienden o menos lo que decimos y la experiencia que proponemos. Tantas veces sólo se trata de esto último y, en consecuencia, ni que decir tiene que no se plantean la cuestión del rechazo.

En fin, dando por descontado que el cristianismo –sin querer separar o contraponer– es una experiencia que se transforma en anuncio, y no tanto un mensaje o unos contenidos con los que construir experiencias, todos nos preguntamos: ¿por qué la evangelización de los jóvenes atraviesa una crisis tan grave? ¿Dónde radican esencialmente las razones de la misma: en los evangelizadores, en los jóvenes o en la propia estructura y desarrollo de la evangelización?

No se trata de buscar culpables y me atrevo a decir que tampoco llevan razón, por más que las voces se multipliquen en tal dirección, quienes aseguran que la pastoral juvenil nacida a la luz del concilio Vaticano II ya no funciona, por lo que –añadirían éstos– se ha de volver a la auténtica evangelización, esto es: terminó el tiempo de los juegos experimentales, de la simple educación antropológica o socio-cultural; sólo el encuentro con Cristo nos permitirá señalizar adecuadamente el camino de una evangelización verdadera y explícita de los jóvenes.

Debemos reconocer que a ninguno resulta cómodo asumir las dificultades y la complejidad derivadas del pluralismo, en particular, cuando nos exigen admitir que no siempre la praxis propuesta conducirá a la construcción de la identidad cristiana que deseamos; también es cierto que, a veces, la pastoral juvenil muestra algunas carencias inquietantes como, por ejemplo, la falta de organicidad y continuidad o la multiplicación de iniciativas sin aclarar su finalidad dentro de los procesos de educación a la fe.

Sin embargo, existe una cuestión previa y central que determina la orientación que debemos dar a la pastoral juvenil. Ya la introduje en el inicio del epígrafe la primera parte de la misma –¿qué cristianos, qué Iglesia, etc., queremos?–; la segunda parte del interrogante es todavía más obvia: ¿qué nuevas generaciones de cristianos… habida cuenta de la cultura y sociedad o del actual estado de conciencia del ser humano de nuestros días?

Pablo VI señalaba en la Evangelii nuntiandi otras tres «preguntas inquietantes» relativas a la evangelización: “[1] ¿Qué eficacia tiene en nuestros días la energía escondida de la Buena Nueva, capaz de sacudir profundamente la conciencia del hombre? [2] ¿Hasta dónde y cómo esta fuerza evangélica puede transformar verdaderamente al hombre de hoy? [3] ¿Con qué métodos hay que proclamar el Evangelio para que su poder sea eficaz?” (EN 4).

Por descontado que la referencia a la persona de Jesucristo, conforme a la fe de la Iglesia, constituye la experiencia central a la hora de reorganizar la pastoral juvenil. Esto afirmado, retornan los interrogantes de Pablo VI: los dos primeros deben permitirnos entender adecuadamente la relación del trinomio «Jesús-Jóvenes-Iglesia»; pero al final y por bien ordenado que tengamos el asunto, el tercer interrogante puede descolocarlo todo… de no acertar con los procesos y el método.

Telegráficamente y con no poco de (obligada) simplificación, existirían tres soluciones al problema de los procesos educativos y del método en la pastoral juvenil, teniendo presente que la meta de los mismos está en la respuesta que cada joven debe dar al don de Dios, a la fe o a la salvación que se nos ofrece en Jesucristo: 1/ No hay más respuesta posible que la explícitamente religiosa, organizada conforme a las exigencias de la Iglesia; 2/ Sirven todas las respuestas honestas que tratan de dar un profundo sentido humano a la vida, puesto que tal sentido conforma implícitamente una verdadera y propia respuesta religiosa; 3/ Tanto las ciencias humanas –en particular, los nuevos conocimientos antropológicos– como la situación cultural, empujan hacia una respuesta que, inicialmente, debe construirse en torno a la cualidad y sentido de la vida (humanización) hasta adquirir después la máxima densidad religiosa posible, es decir, hasta «saltar» desde el sentido a la salvación vivida en una comunidad eclesial.

Ni que decir tiene que la opción intermedia, la tercera, constituye no sólo la vía de evangelización más ajustada a la situación histórica sino también el mejor modo de confirmar el anhelo de volver a los jóvenes y tomar en serio la realidad de sus vidas.

Ateniéndonos al «principio Encarnación» y parafraseando a E. Schillebeeckx, los jóvenes son la historia de Dios: si, volviendo a las palabras de la Evangelii nuntiandi, queremos sacudir profundamente su conciencia y transformar su existencia con el Evangelio, por un lado, hemos de reformular la experiencia cristiana para que resulte creíble; por otro, hay que entretejerla con los dinamismos del crecimiento y maduración de las personas.

Ambos aspectos confluyen en el tema de la comunicación, máxime en el caso de las nuevas generaciones para las cuales, según todos los indicios a disposición, la cuestión de la fe y de la Iglesia básicamente consiste en que no entienden cuanto decimos con la primera (fe) y tampoco lo que hacemos en la segunda (Iglesia). Pensar la evangelización como comunicación no equivale a fijar un punto de vista exclusivo ni, mucho menos, excluyente; sin embargo, proponer dicha clave interpretativa ofrece la posibilidad de concretar la «vuelta a los jóvenes» con tres implicaciones fundamentales: 1/ La exigencia de entrelazar lógica y profundamente la experiencia cristiana con la de los jóvenes, en el contexto de la llamada era de la comunicación; 2/ La obligación de reconocer el significado y peso decisivos de la cultura en la educación a la fe; 3/ La posibilidad de individuar una razón determinante para comprender y afrontar el progresivo alejamiento de la Iglesia por parte de las nuevas generaciones[4].

Por lo demás, si el lenguaje es esencial para la comunicación y la comunidad humana, no lo es en menor medida para la relación entre los hombres y Dios. Hubo un tiempo (largo, demasiado largo para que no sintamos aún el lastre que nos dejó) en que el lenguaje creyente era oscuro y más bien incomprensible, cuando no autoritario: el carácter inefable del ser divino, más que narrarse con palabras comprensibles, se expresaba a través de conceptos metafísicos y abstractos. Ahora, sin embargo, somos ya conscientes de que la palabra de Dios no es una palabrasobrenatural (divina) sino un lenguaje natural (humano).

Esa consciencia nos obliga a confrontarnos continuamente con la cultura, puesto que para comunicar el «misterio salvador de Dios» nos servimos de símbolos, conceptos, formas y palabras que se leen y remiten a modos culturales de sentir, pensar y actuar propios de cada tiempo. Repetir literal o pasivamente la experiencia cristiana, sin hacerla viva y comprensible en la historia y cultura del momento, sería secarla o condenarla al ostracismo.

En fin, nunca hemos de olvidar una de las raíces esenciales de la falta de entendimiento y hasta de divorcio entre la Iglesia y la sociedad (occidental) contemporánea que, por otra parte, más determina el desinterés de los jóvenes respecto a la religión: la fe cristiana sigue viviéndose y narrándose bajo formas, lenguajes, estructuras y símbolos antiguos, difíciles de entender y más difíciles aún de asumir por parte de las mujeres y hombres modernos; quienes –a su vez– asientan sus vidas sobre bases innegables de historicidad, autonomía, libertad y democracia.

 

  1. «Descentrar» la vida personal: nueva alianza educativa con los jóvenes

 

Termino considerando una acepción literaria del verbo volver, aquélla que lo refiere al «salir en defensa o en ayuda de alguien». Salta a la vista que ir a los jóvenes, a fin de cuentas, ha de equivaler a volver por ellos y ellas, esto es, a defenderlos, a restituirles la vida y la esperanza que entre todos les estamos robando.

La despreocupación con la que nuestra cultura y sociedad se relaciona con las nuevas generaciones exige un cambio de dirección[5], es decir, debemos «pre–ocuparnos» y ocuparnos seriamente de ellas: los jóvenes han dedominar nuestro pensamiento y ser los compañeros permanentes de nuestra acción. Pre–ocuparnos o tenerlos siempre previamente en cuenta, en primer lugar, para repensar todo, nuestra vida incluida, «desde» los jóvenes. Y, en segundo lugar, ocuparnos de los jóvenes, sentir y actuar «con» y «para» ellos.

Las palabras precedentes resumen el epígrafe inicial de estas reflexiones. Si la respuesta a las mismas pasaba, en principio, por «centrar la experiencia cristiana» (epígrafe 2), ahora corresponde entender que volver a los jóvenescomporta «descentrar la vida personal y comunitaria».

En efecto, la realidad actual exige una pastoral juvenil donde repensemos la experiencia cristiana para, con y desde los jóvenes. Lo cual puede desconcertarnos, pero recuperar el sosiego no nos exime del obligatoriodescentrarnos, poniéndonos con todas las consecuencias al servicio de los jóvenes.

Tal empeño, realizado a través de procesos educativos sin los que resultaría poco menos que imposible comunicar la Buena Noticia, pasa por una nueva alianza con la que sellar la acogida incondicional de los jóvenes. Más que amor, alianza: mientras que el amor o la caridad acentúan el protagonismo de quienes quieren, la palabra alianza –además de las resonancias bíblicas– desplaza el acento a la reciprocidad de la relación –conjugando tanto el amor como el respeto y el derecho a la diferencia de aquellos a quienes amamos–, al tiempo que subraya el vínculo y el compromiso. Antes de nada, hemos de ponernos gratuita e incondicionalmente de parte de los jóvenes: lo mismo que Dios promete «estar con» su pueblo, pese a la infidelidad con que Israel vive la alianza, así hemos de estar «con y de parte» de los jóvenes.

En consecuencia, una alianza educativa para no sólo subrayar la fidelidad al pacto sino también para serescrupulosos con la identidad y autonomía del «hecho educativo»[6].

Antes de nada, la idea de educar jamás puede ser sinónimo de modelar a las nuevas generaciones e inculcarles nuestros mejores ideales. Así que, en principio y estando como están las cosas, hemos de revisar a fondo los conceptos de educación e instrucción, distinguirlos y hasta separarlos cuidadosamente. Afirmando, por descontado, su complementariedad, pero desenmascarando la perniciosa confusión de entender la educación con la misma óptica de la instrucción.

El verbo trasvasar y la acción del trasvase funciona en el aprendizaje, pero no en la educación. Mientras que en la instrucción o “en la enseñanza siempre hay algo que se traspasa desde uno que sabe a otro que ignora, desde uno que tiene a otro que carece, desde quien da a quien recibe; en la educación no. Entonces –se pregunta J.L. Corzo–, ¿con qué verbos nos educamos? ¡Con los intransitivos!: vivir, crecer, aumentar, salir, surgir, florecer, fructificar, relacionarse… Con ellos cambia completamente la acción educadora y se comprende mejor que nos educamos juntos y, sobre todo, que nadie educa a nadie”[7], porque nadie crece a nadie, ni le surge, ni le florece, ni le desarrolla…, ni le educa.

Fue P. Freire a dejarlo claro: “Nadie educa a nadie, así como tampoco nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan en comunión, mediatizados por el mundo”[8]. Nos educamos juntos «mediatizados por el mundo»: la realidad reclama nuestra relación con ella y es ahí donde nos jugamos todos el crecimiento y desarrollo personal. En el fondo, es la realidad vivida la única que de verdad puede ser nuestra educadora. Nos educamos juntos, pues, afrontando los desafíos de la vida colectiva; de ese modo, cada cual va construyendo, va creciendo como persona al descubrir, confirmar o reelaborar las relaciones implicadas en la realidad que envuelve nuestra existencia.

La educación no es algo que se da y se recibe. Nos constituimos y nos construimos como personas, por así decirlo, en las relaciones que instauramos con los otros y con las cosas. El desarrollo vital humano depende del crecimiento ligado a esas relaciones que establecemos con la realidad, al cómo la afrontamos, al modo en qué nos afectan aquellas referencias visibles y conscientes con las que tejemos libremente nuestra existencia, o a las otras ocultas y hasta inconscientes. Florecemos o nos marchitamos según nos relacionamos más y mejor, con más o menos realidades. La educación, al igual que la posibilidad de ser educador o educadora, pasa por suscitar la conciencia de todas esas relaciones, para asumirlas y responder a ellas, es decir, para ser responsables a la hora de nombrarlas y reinterpretarlas.

Y… ¡nos educamos aquí y ahora, con los desafíos actuales de la vida colectiva! Por eso mismo, la educación se juega en el modo de asumir el pluralismo de nuestros días, en cómo la religión justifica su colocación en el contexto de una sociedad laica y democrática, en la tarea el de repensar la fe y experiencia cristianas, ahondando en las intuiciones del Vaticano II y tornando a la profunda actitud de diálogo con el mundo que caracterizó la asamblea conciliar. Sólo así afrontaremos con seriedad la cuestión a la base del ir y volver a los jóvenes: ¿qué cristianos, qué Iglesia, qué comunidades y qué nuevas generaciones de cristianos… queremos, habida cuenta del actual estado de conciencia del ser humano?

«Las circunstancias de la vida del hombre moderno en el aspecto social y cultural han cambiado profundamente, tanto que se puede hablar con razón de una nueva época de la historia de la humanidad» (GS 54). Si cabe, las palabras de la Gaudium et spes se quedaron cortas. Todos sufrimos una cierta «pérdida del hogar», pero –aún con esas– hemos de conseguir que los jóvenes en la Iglesia logren «sentirse en su casa».

 

JOSÉ LUIS MORAL

 

[1] Reelaboro ideas y materiales que ya he publicado dentro de reflexiones más amplias: cf., en particular, J. L. MORAL, ¿Jóvenes sin fe? Reconstruir con los jóvenes la fe y la religión, PPC, Madrid 2007, 77-94 y 131-150.

[2] Utilizo la expresión «estado de conciencia del ser humano» o «estado de conciencia de la humanidad actual» en el sentido que lo hace C. Geffré (evidenciando gráficamente el divorcio entre el hombre de hoy y la fe cristiana): estado que, arrancando con la autonomía e historicidad, incluye una nueva imagen del mundo –visto ahora más como historia que como naturaleza y remitiendo a la libertad creativa del hombre –y de ser humano –consciente de su valor absoluto y autonomía, afirmados en un horizonte secular y laico– (cf. C. GEFFRÉ, El cristianismo ante el riesgo de la interpretación, Cristiandad, Madrid 1984, 206 ss.).

[3] F. J. CARMONA, Jóvenes y religión: una revisión histórica de los estudios españoles desde 1935 al 2000, en: J. GONZÁLEZ-ANLEO (DIR.),Jóvenes 2000 y religión, Fundación «Santa María», Madrid 2004, 306. Por otro lado, no creo sea necesario reiterar datos bien conocidos acerca del distanciamiento, cada vez mayor, entre los jóvenes la religión y la Iglesia (cf. P. GONZÁLEZ-BLASCO (DIR.), Jóvenes españoles 2005,Fundación «Santa María», Madrid 2006).

[4] El último Capítulo General de la Congregación Salesiana constata que, al respecto de cuestiones de este género, para no pocos religiosos “el mundo de los jóvenes resulta difícil y lejano, con el temor y la sensación de no estar adecuadamente preparados para entenderlo. Por otro lado, la dificultad de entender sus lenguajes acentúa la extrañeza cultural que se puede traducir en distancia física y afectiva” (CG26, 5).

[5] ¿Una sociedad para la que apenas cuentan y que cuenta poco con los jóvenes –se preguntaba recientemente U. Galimberti–, no tiene precisamente ahí el signo más claro de su decadencia cultural? (cf. U. GALIMBERTI, L’ospite inquietante. Il nichilismo e i giovani, Feltrinelli, Milano 2007).

[6] Reprendo, casi literalmente, cuanto no hace mucho escribía aquí mismo: cf. J. L. MORAL, «Educar-nos» como ciudadanos y cristianos responsables, «Misión Joven» 380(2008), 5-17, que, por lo demás, tenía como base el planteamiento de J. L. Corzo (cf. Educar es otra cosa. Manual alternativo, Ed. Popular, Madrid 2007, 53-119)

[7] J. L. CORZO, Educar es otra cosa, 0.c., p. 64.

[8] P. FREIRE, Pedagogía del oprimido, Siglo XXI, Madrid 1992, 90.

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